5.9.08

Cuatro notas acerca de E.A. Poe (va la primera)

Introducción

Vamos a echar aún más leña, señor. Al fuego todavía muy brillante que nos ha legado semejante espíritu de extrema sensibilidad y mente puntiaguda, a su majestuosa obra que nos pertenece, de la que nos apropiamos en todo momento, como debe ser.

(Y quizás toda aparición en la ciencia literaria no sea más que una forma de reconocer esas influencias, que implica tomar la lupa, rastrear palabra por palabra y lograr todo tipo de interpretaciones, ocupando cabezas y épocas. ¿Para qué? En lo personal, se me hace de mero entretenimiento, porque la utilidad en términos relativos y muy exigentes puede verse seriamente limitada. Algún juego intelectual, un regocijo por ver lo que ha visto un genio, en fin, un rescatable placer, que a todos atrae y que, al menos indirectamente, integra el espectro de los esfuerzos por penetrar y conocer el alma humana, cuando no sanearla de sus eternos demonios. Como lo que cada uno tenga para decir sobre determinado autor queda descartado porteoríacuando prima lo que le ha sido significativo para , sin importar que haya ocurrido o no en otros (aquí varios humanistas recelarán, me too), -sin abocarse a métodos que a la larga se repetirán, o a cánones literarios, crítica textual, simbologías, que aquí no se van a estudiar académicamente-, ello nos deja tranquilos para opinar lo que queramos).

Y así luego, tomarnos la libertad de reproducir una serie de notas sobre la obra de Edgar Allan Poe, escritas en 1954 por Lucía A. Z. De Sampietro para la revistaHumanidadesde la Universidad de La Plata, no concebidas –desde el nosotros- para ser adheridas al oficialismosi es que existe- en la materia; en cambio, para aportar enclaves desde donde admirar la inequívoca belleza de su arte.

Es muy probable, o casi cierto, sin embargo, que estasCuatro notas acerca de Edgar Allan Poe” hayan sido fruto de estudios exhaustivos, de cotejo con otras opiniones, de clasificaciones, comparaciones odiosas e imposiciones de ideologías. Con todo, no son anulables entre los fines: el contenido de estos lúcidos ensayos aprieta las manos entre conocimiento y gustito por lo que se estudia, y lo que nuestros corazones delatan al leer la obra del poeta bostoniano; como pude haber seleccionado estas notas (que obtuve revolviendo una austera y completita librería de barrio), podría haber sucedido con otras mientras no se perdieran en recetarnos lentes para apreciar el carácter universal de la obra. No hay interés en reafirmar su universalidad nuevamente, y por el resto de los tiempos, más que redescubriéndolo (estos casos de literatura universal a veces resultan inagotables, y nosotros demasiado pesados) a través de lecturas propias y ajenas, sintiendo que es allí donde flota lo que lo hace plausible de ser compartido por la humanidad, de este preciso instante (seguro que hay alguien por ahí leyendo El gato negro o El escarabajo de oro, por nombrar alguno).

Los logrostécnicosdel Poe escritor y filósofo, jamás serán desestimados, por el contrario, se ponderan y se convierten en los pilares de trascendencia para otros posteriores. Pero no deben ser tomados como las claves para explicar su preeminencia, su formidable efecto en los lectores de toda la historia. O al menos no aquí; nos aislamos de remisiones a las legitimaciones del mundillo académico, que buscan aislar a la vez el sentido común, del que precisan distinguirse, y simular que lo aclaran todo. Juguemos un poco con las propias percepciones, mezclemos con algunos puntos nuevos que cambien lo que veíamos antes, aceptándolos, o rechacémoslos por completo. Pasaron ya muchos años; a menos que la teoría universal de Eureka llegue a mostrarse en toda su dimensión algún día, no hay motivo para tomar su persona-obra con demasiada seriedad o como espacio político, sino como entretenimiento, universal, que se ha esparcido por tantas almas... ¡sin llegar a ver la teoría! (sigue...)

p.p.



Lucía A.Z. De Sampietro (

"Cuatro notas acerca de Edgar Allan Poe" (1954)

{ I }

Agonía y soledad

And all I loved, I loved alone

E. A. Poe

Al colocar este verso de Edgar Allan Poe como epígrafre de sus traducciones, Carlos Obligado está señalando ya la importancia capital que posee para la mejor comprensión y valoración de la obra y la vida del atormentado poeta americano.

En los versos de Alone, está prefigurado el carácter de los conflictos vitales que torturaron a este gran idealista, incomunicado y solitario, cuya palabra sonora, atravesando los tiempos, lleva su mensaje esencial a “estirpes no nacidas”.

Como el ángel Israfel, en las fibras de su corazón vibraba un laúd, y cada uno de sus cantos fue la transfiguración de un padecer.

Si alguien en la literatura americana merece el calificativo de agonista, con plena y etimológica verdad, ése es Edgar Allan Poe. Su vida fue una constante agonía, esto es, una constante lucha. En pugna desigual contra la sociedad y la época (no lo supieron comprender más que unos pocos), contra el destino siempre adverso, y consigo mismo, nada pudo –no obstante- apagar la llama luminosa de su genio, ni su pasión ardiente, ni desviarlo del camino del puro ideal –Verdad y Belleza- que buscaba su alma. Luchó y luchó solo; y cuando lo alcanzó la muerte, llegó a la “suprema soledad”, como la llamaba el gran Unamuno.

La primera parte de Alone es la más significativa. En una apretada síntesis, Poe nos da los caracteres de su soledad, desde la infancia. Pero su soledad proviene, más que nada, de sentirse, de saberse diferente a los demás. Ese sentimiento de extranjeridad, lo acompaña a través de toda su vida y va a reflejarse ineludiblemente en sus poemas y cuentos.

From childhood’s hour I have not been As others were; I have not seen As others saw; I could not bring My passions from a common spring. From the same source I have not taken My sorrow; I could not awaken My heart to joy at the same tone; And all I loved, I loved alone.

¿Qué causas influyeron para el desarrollo de un sentimiento tan poderoso, tan íntimo? Los biógrafos de Poe señalan la influencia decisiva de la muerte de su madre. Contaba menos de tres años de edad cuando quedó huérfano. En verdad, pocos recuerdos podía conservar, pero de un modo enfermizo, la imagen de Elisabeth Poe fue cobrando, en él, dimensiones extraordinarias. Edgar hizo de ella un ser ideal, un arquetipo de belleza física y espiritual, un canon para avalorar a todas las mujeres. Según Edmond Jaloux, Poe buscó a través de todos sus amores, el recuerdo de ese rostro de ojos extraños que se refleja en todas las heroínas de sus cuentos. Por otra parte, el tema de la muerte –el amor y la muerte van de la mano tanto en su vida como en su obra-, sería consecuencia directa de la muerte de su madre, que se repite a lo largo de su existencia, en la señora Allan, en Helen Stanard, y en Virginia. El mismo Jaloux ve una identidad casi absoluta entre la mirada terrible y dilatada de Elisabeth, (tal como aparece en el retrato conservado por su hijo) y la descripción de la mirada de Ligeia.

Quizá para huir de su soledad, buscó siempre y sucesivamente alguna mujer que iba a constituir algo así como una presencia tutelar –casi maternal-, un apoyo moral, afectivo. Necesitó como se necesita un elemento vital, una presencia femenina a quién amar.

Bajo otro aspecto, la crítica positivista ha ejercido una acción devastadora sobre la personalidad de Poe. Pese a ella, como poeta, se salva cabalmente para la posteridad. Si su figura humana no alcanza grandeza moral, quizá se deba a que sus facultades artísticas se desarrollaron exageradamente con detrimento de las otras. Dice Jung al respecto: “Dentro de él (del artista) luchan dos potencias: el hombre común y corriente, con su derecho a la dicha, a la satisfacción y a la seguridad de la vida, de una parte, y de otra la implacable pasión creadora que en ciertos casos le obliga a pisotear todos sus deseos personales. Esto es lo que explica porqué la vida personal de tantos y tantos artistas es tan poco satisfactoria e incluso trágica, no precisamente por imperio de un destino sombrío, sino por la subestimación de en que estos hombres tienen su personalidad humana. Rara vez nos encontramos con un hombre creador que no pague cara la centella divina de su gran inspiración” (...) “Lo humano se sacrifica y se desangra en el artista, no pocas veces, para alimentar la parte creadora hasta el punto que le obliga incluso a desarrollar malas cualidades, por ejemplo, un egoísmo simplista y despiadado (el llamado autoerotismo), la vanidad y todos los vicios imaginables, y todo ello para infundir al yo humano, por lo menos, un poco de energía vital y evitar que perezca completamente exhausto”. ([1])

Así, pues, no podemos juzgar su obra por su vida, ni considerarla como una contradicción de su ser más íntimo. Esa pura exterioridad en la cual se basaron muchos críticos para valorar a Poe, no basta para comprender al hombre y mucho menos al poeta. Como poeta, su creación es el resultado necesario e intransferible de una torturada y lúcida pasión, y de la potencia gigantesca de su pensamiento.

Su incoercible voluntad de grandeza se debatió contra el pragmatismo de su época y el credo positivista del siglo XVIII con sus doctrinas del éxito y del esfuerzo propio que tanto había preconizado Franklin, americano típico, verdadera antítesis del espiritualista autor de The Raven. Como dice Baudelaire, Poe était la bas un cerveau singulierement solitaire. ([2])

Pero el destino del genio es vivir en soledad. Sólo en el destierro la creación alcanza la más alta expresión, su nota más pura.

Cronológicamente, Poe pertenece al fecundo período que va desde 1830 a 1870 ([3]) -“época áurea”- en el que se destacan personalidades como Emerson, Thoreau, Hawthorne, Melville y Whitman, en el que tiene lugar el movimiento trascendentalista, que influyó tanto en la filosofía y en la literatura como en el orden religioso, político, social, etc.

Pero la referencia es solamente cronológica. En Poe se produce lo que Julius Petersen ha denominado acertadamente “escisión de la generación”, y “que radica en esa posición especial que se puede observar siempre, que excluye a algunos compañeros de edad, de la comunidad de la generación”([4]).

Él no está con ningún grupo. Si bien al comienzo de su carrera pareció acercarse al círculo dirigente de Boston, su carácter altanero y la causticidad de su crítica, suscitaron pronto enemistades y rencores que amargaron su existencia trágica y desolada.

Así, mientras podemos afirmar que su obra no refleja más que unilateralmente la época y el lugar en que vivió, su poesía –prosa y verso-, está plena de vivencias personales. Contados serán los poemas o cuentos en donde ellas no asomen o se manifiesten claramente. Los fondos personales de su obra constituyen a menudo la fuente primordial de donde surgen verdaderas joyas, tales como Ulalume, Annabel Lee, For Annie, William Wilson, y otras.

El sello de su ser, el que nos revela su auténtica mismidad espiritual, está inmerso, vívido, en la totalidad de su obra. Esto no quiere decir que podamos explicar taxativamente su poesía por los factores esencialmente personales que intervienen en ella, puesto que, como toda alta poesía, rebasa al artista creador, va mucho más lejos, trasciende los límites que circunscribían la creación.


[1] Psicología y Poesía, en Filosofía de la Ciencia Literaria, trad. de C. Silva, Fondo de Cultura Económica, México, 1946, págs. 349-350.

[2] Histoires Extraordinaires, Traduit d’Edgar Poe. París, Lemerre, s.f.

[3] Debemos considerar, sin embargo, con respecto a Poe, que vivió sólo hasta 1849.

[4] Las generaciones literarias, en Filosofía de la Ciencia Literaria, ed. cit., pág. 159.


Aclaración: A pesar de buscar activamente en internet, no tenemos a disposición mayor información sobre la autora y materiales similares de su propiedad, por lo que rogamos que si conocen algo más, se comuniquen con nosotros en seguida. Gracias!

Al abrigo del alma insatisfecha

Un hombre y su capote. Digamos que yo andaba en la búsqueda de un gabán que me hiciese pasar por un bicho oscuro, protegido y repelente, en medio de la ciudad helada, rellenando sus bolsillos de migas, pastillas de primeros auxilios, discos comprimidos en chips, monedas y demás fetiches, pero digamos en fin que era más esto último que una verdadera pesquisa por tiendas de ropa, ya que tampoco dentro de este crudo invierno pude asumir la pesada carga que significa probarme y reprobarme a mí mismo ante el espejo. No quería entrar a una tienda; este invierno soñé con darle trabajo a algún sastre venido a menos por las nuevas modas, sentirme de otro siglo quizás ante la única mirada del viejo y sus centímetros colgando del hombro. No hubo caso. (...)

Ahora bien, el ucrano-ruso Gógol (1809-1952) sí que hiló fino en la relación del hombre, la adustez del clima polar petersburgués y lo que significa un buen abrigo, que además de protector, fuese estimulante desde un punto de vista de extravagante estética. Porque además de su minimizada y rechazada apariencia física –que, no obstante, lo tiene sin cuidado- el martirizado funcionario que protagoniza “El Capote” se llama Akaki Akakievich Bashmachkin, y lo que una prenda exterior sometida a heladas puede llegar a cubrir del cuerpo, aquí también parece contener sus crecientes emociones de peón de oficina que cargan con tamaño nombre y demás extrañezas.

Mal pagado desde siempre, la pequeña marioneta burocrática no hacía más que efectuar, desde la cama al trabajo, del trabajo a su sopa de schi nocturna y otra vez a la cama con ellas, copias de cartas y documentos ministeriales en su empleo de copista. No era que lo detestase, al contrario, su limitado empleo era su vida, un gusto por cumplir día a día. Más allá de las hojas, líneas y letras, nadie se preocupaba por él, ni tampoco era merecedor de respeto alguno: el blanco predilecto de las burlas de sus compañeros de trabajo, festejando su impavidez, su soledad. Haciendo oídos sordos a las punzantes bromas, Bashmachkin exclamaba “¡Dejadme! ¿Por qué me ofendeis?” (una exclamación suspirante que conmueve ante el silencio por respuesta) sólo cuando estas se tornaban francamente insoportables. ¿Por qué molestar al otro? ¿Qué había hecho el pobre empleado? Casi nada, más que dedicarse con esmero a ese puesto que a él solo le pertenecía. Y a pesar de eso, su presencia era tan insignificante en ese ámbito y en cualquier otro, porque cualquier atención que se le prestase era efímera, al pasar. Ensimismado, enajenado pero sin estar triste, como si desconociera cualquier otra cosa, lo único que el realismo de Gogol podía planear para alguien así era que tornase completamente su vida en pos de una obsesión.

Existe en Petersburgo un enemigo terrible de todos aquellos que no reciben más de cuatrocientos rublos anuales de sueldo. Este enemigo no es otro que nuestras heladas nórdicas, aunque, por lo demás, se dice que son muy sanas”. La realidad es friolenta aquí más que nada. Los empleaduchos como Akakiy Akakievich eran víctimas de este intenso frío hasta llegar a las oficinas, donde tardaban un par de minutos en descongelarse. Abrigados acorde a sus orígenes, el capote era la prenda última, clásica, imprescindible, y esto fue lo que torció la vida del protagonista. Pronto notó que el frío había logrado atravesarle el suyo, provocándole dolores en algunas partes donde el paño se había estado gastando y el forro descosiendo. Golpeado finalmente por algo real y externo que le sacaba de la sumisión constante y le lastimaba, Akakievich se enfrascará en la misión de hacerse de un nuevo capote. Comenzaría a ahorrar ascéticamente, mes a mes, cada centavo, “Hemos de confesar que al principio le costó bastante adaptarse a estas privaciones, pero después se acostumbró y todo fue muy bien. Incluso hasta llegó a dejar de cenar; pero, en cambio, se alimentaba espiritualmente con la eterna idea de su futuro capote. Desde aquél momento diríase que su vida había cobrado mayor plenitud; como si se hubiera casado o como si otro ser estuviera siempre en su presencia, como si ya no fuera solo, sino que una querida compañera hubiera accedido gustosa a caminar con él por el sendero de la vida. Y esta compañera no era otra, sino... el famoso capote. Se volvió más animado y de carácter más enérgico, como un hombre que se ha propuesto un fin determinado”. Para todos aquellos desdichados que a menudo nos deslizamos sobre las franjas de la soledad, del alejamiento, que desdeñamos la compañía por X razón, sabemos lo que puede significar tener de repente un motivo por el que levantarnos días tan fríos y oscuros. Probablemente sea cierto que un hombre que nunca jamás en su mísera vida ha sentido nada por otra persona, bien pueda tener sus primeros pasos hacia algo como un capote, que al fin y al cabo, ha sido para él su protección frente al más temido enemigo, quien impunemente acabó por deshacérselo. Un capote nuevo representaba ahora todo en su vida: imperioso por el frío que le calaba los huesos, debía ser el mejor que pudiese conseguir. No entraba en su dicha y alegría cuando por fin, después de tantos esfuerzos, lo tuvo sedoso entre sus manos, cuando lo estrenó cubriendo su pequeño cuerpo. Era otro Akaki Akakievich Bashmachkin. El frío no penetraba ahora la fortaleza del forraje, y hasta su vistosidad le sentaba bien, luciéndolo toda vez que hallaba oportunidad.

Pero como toda compañera/o de vida, o los perdemos en nuestro trayecto o nos los quitan. Se arruina un poco de vida por ello. ¿Qué pasa cuando al entrañable protagonista le arrebatan violentamente, en medio de una madrugada oscura y helada, algo bebido, su preciado capote? Directamente el dolor es demasiado. Sobre todo cuando los ladrones son unos especialistas –un antes y un después del fantasma del protagonista- y la burocracia para recobrarlo le impide cualquier ilusión. No existe forma de recuperarlo, ningún funcionario se ocupa de su caso. Todo parece volverse peor que antes. Se pesca una angina de aquellas luego de acudir a su última esperanza, latente en un funcionario por demás hipócrita (la “alta personalidad”), quien le echa tratándole horriblemente, y la muerte no tarda en cernirse sobre su entumecido cuerpo, al que por dentro abrasa la fiebre. “Así desapareció un ser humano que nunca tuvo quien le amparara, a quien nadie había querido y que jamás interesó a nadie. Ni siquiera llamó la atención del naturalista, quien no desprecia de poner en el alfiler una mosca común y examinarla en el microscopio. Fue un ser que sufrió con paciencia las burlas de sus colegas de oficina y que bajó a la tumba sin haber realizado ningún acto extraordinario; sin embargo, divisó, aunque solo fuera al fin de su vida, el espíritu de la luz en forma de capote, el cual reanimó por un momento su miserable existencia, sobre quien cayó la desgracia, como también a veces cae sobre los privilegiados de la tierra...”. Este párrafo para mí es grandioso, hubiese deseado que el cuento acabara allí mismo para cerrar de una el librito y sentir que estaba hecho.

Mas no sucede así, Gogol es bastante piadoso –ojo con este calificativo- en extender el relato deshilvanando lo que siguió al fallecimiento de Akaki Akakievich: una suerte de venganza sobre todos los ciudadanos y sus capotes mientras se pasearan a solas por determinados lugares bajo el frío hiperbóreo y la bruma, enfrentándose a su reencarnación fantasmal: por más que la conmiseración atormente luego al general, por más que en el trabajo empiecen a recordarlo por estas reapariciones que desvisten a la ciudad, el fantasma parece haberse unido al ladrón original. Es una mezcla de trágico destino al que hemos llegado por vías de un humor entristecedor. El alma no ha podido descansar en paz, cálida –denotando la vulgaridad del alma residente en todo hombre para Gógol, diabólicamente-, y prosigue su obstinada e infinita búsqueda -ya casi una recolección- de compañía con la que arroparse.

Pablo Pereira

6.7.08

El Noviazgo de Hesse y reflexiones amorosas

por F.C.

Esta vez voy a hablar de un cuento hermoso del gran escritor alemán Hermann Hesse.

Este autor es más conocido por sus novelas, entre ellas se destacan El Lobo Estepario, Demian y Siddharta, entre otras. Pero a su vez, tiene en su haber una serie importante de cuentos que escribió siendo más joven. Entre los que yo leí se destacan especialmente El Poeta, Hermosa es la Juventud, Un hombre llamado Ziegler y El Noviazgo, aunque hay muchos más.


Como sabrán los que hayan leído algo de Hesse, este autor en general se centra en la vida de un personaje central, alrededor del cual gira todo el argumento. Casi siempre el personaje pasa de una situación determinada a otra situación, usualmente opuesta, mediante un giro fundamental en su vida. Además, generalmente, este cambio es para mejor; aunque el mismo no se dé sin grandes problemas, avances y retrocesos. (sigue...)


Una cosa que me gusta de Hesse es que bucea en la mente de los personajes, ya sea la narración en primera o en tercera persona. Mostrándonos los pensamientos que la persona tiene de cada acontecimiento, personaje o recuerdo que marca cada momento de su vida. De ahí que la dimensión mental y espiritual de los personajes es muy importante.

Hoy voy a hablar de este cuento, El Noviazgo, que me encantó particularmente por la afinidad que yo siento por su protagonista, Andreas Ohngelt. Al cual el autor sitúa dentro de la historia en un pueblo alemán. Es un muchacho que en su juventud se enamoraba de una chica diferente cada semana, pero sólo en sueños podía imaginar cómo podía ser estar con alguna. Porque no sabía cómo hacer para conquistarlas, mejor dicho; lo que era peor, creía que sabía. Ya que este personaje inventaba frases bastante rebuscadas para demostrar respeto y buena educación. Lo cual no hacía otra cosa que alentar el rechazo por parte de ellas.

Otra…..casualidad??? Este personaje era aficionado al canto, al igual que yo. Entró a la coral religiosa del pueblo donde creía que podía alternar con mujeres.

Y así fue, en el coro había dos mujeres, Margarita y Paule, Andreas estaba enamorado de la primera, una bella joven bastante menor que él, pues “ya no quedaban solteras bellas en su pueblo, al menos de su edad”. Toda la trama finalmente desemboca en que Paule era la que lo quería a él, pero el protagonista no se daba cuenta porque estaba obsesionado con Margarita. Así, este personaje consigue tener novia a los 30 años.

Este cuento me cautivó completamente y creo que, más allá de mi afinidad personal con el personaje, cualquiera lo puede disfrutar sabiendo que hay personas solitarias a la espera de su compañer@. O sea, el cuento sintetiza un poco lo que sentimos esas personas todo el tiempo, una sensación de soledad, a la cual uno a veces la siente injusta, otras pasajera, otras como un calvario interminable, en fin…

Este cuento me sirve como pretexto para hablar de lo que siento, como otros varones, respecto a la falta de una chica, compañera, hembra, novia, como lo quieran llamar, en nuestras vidas. La sociedad nos compele a salir de nuestra soledad, lo cual también nos hace enfrentarnos a nuestra incapacidad crónica de salir de ella y eso muchas veces nos hace sufrir, a veces, inútilmente. Entonces, para escapar de ese sufrimiento dejamos de intentar, lo cual hace que tengamos menos posibilidades aún. Pero a su vez, nos gana la ansiedad de no saber hasta cuándo tendremos que esperar, ahí está, esa es la clave, no hay esperar, hay que actuar. Pero, cómo? Ya intenté de todo, declaración instantánea, no funcionó; esperar a declarármele, tampoco, es mejor saber lo antes posible si no gusta de vos. Una carta, tampoco. Poemas, tampoco. Tratar de empezar como amigos, tampoco. Páginas de citas, menos. Y todo esto si tengo suerte, porque, es difícil que aparezca tan sólo una chica de las cuales podría gustar. Y cada vez es más difícil que me enamore!!! Yo lo que más quiero en la vida es enamorarme, pero aún si tengo una chica en la mira, y hablo todo bien, hay onda pero te das cuenta que “hasta ahí”. Después te dicen: “Dejate de joder” “Ya te va a llegar” “Lo mejor que podés hacer es dejar de buscar”. Les informo que dejé de buscar dos años y no resultó, no hay que bajar la guardia. Pero si busco tampoco encuentro.

Todo me deprime más cuando pienso que tengo cualidades normales, hay mucha gente que podría interesarse en mí, y con eso, al menos, ampliar las posibilidades. Pero no, soy buena persona, de facha normal, tengo gustos normales, las chicas me fascinan y su belleza me encanta (incluso podría aventurar que más aún que gente de igual edad que “ya tuvo algo”). Hay otros casos en que técnicamente también están en esta situación, pero no les importa tanto, por falta de interés o porque no buscan y no les importa. En cambio, a diferencia de ellos, yo creo que no nací para estar esperando tanto, realmente tengo mucha libido contenida. En cuanto a hormonas, también fui (y soy) normal. Lo que falta es actitud, esa es la posta. Tema complicado este de la actitud. La conciencia será una gran consejera, pero hay veces que nos caga la vida. Tanto pensar, y al final es peor, uno tiene las condiciones biosociales de dejar escapar (hasta cierto punto) el Instinto. Pero esa entrometida, la conciencia, puede más.

A veces flasheo la imagen borgeana o doliniana de una chica que vaga solitaria como yo en esta ciudad y por algún maldito destino del demiurgo nuestra unión no se realiza. Conozco casos donde sí se realizó, casos cercanos. El tema es, por qué tengo que esperar tanto a que se dé? Está bien, algo siempre hay que esperar sino, todos a los 13 años encontrarían su pareja ideal y listo. Pero por qué, Dios, por qué hacés esperar tanto a unos pocos y a la mayoría les hacer esperar menos (lo normal, porque sea la mayoría, no porque fuera lo “deseable”).

Después de todo, y esto sí lo reconozco y es verdad, no es lo único en la vida, y por suerte en el resto de las cosas no me va tan mal como en esto (mientras hay gente que no tiene ni para comer, ni salud, ni éxito en la facultad etc.) Así que, en esto sí, acepto que me digan “dejate de joder”.

Franco Cinalli

julio 2008

24.3.08

24/3

El recuerdo de semejante fecha negra en la historia de nuestro país jamás dejará de existir. Eso es obvio, no es un anticipo. Es inevitable que volvamos sobre esos años, impresiona en el alma que el dolor no cese de aumentar (las conciencias toman más conciencia; los intereses cobran más víctimas). El aire está denso: flota por ahí una esperanza, el desengaño y la locura, prendas, fuegos y demás símbolos que claman por el “nunca más”, que es el frente visible hoy día del pesar que todos cargamos -entre culpa y descuido, entre los ideales y el miedo, entre las resoluciones y los resultados-, que se sostiene por palabras, imágenes y gritos desgarradores, provenientes de infiernos apenas visibles, no ignorados, encendidos por cráneos descarados.

Todo llega a ser demasiado complejo para cuando uno se proponga entender las cosas. Así sea inmediatamente al hecho o pasadas décadas. Los residuos que hoy tenemos por sociedad se fueron recomponiendo desordenadamente, y las posturas se multiplican. A los que gobiernan, no se le perdonaría que no den cuenta de esta fecha, y por eso es que la promueven, realizan actos y fundan emblemas históricos. Hay respaldos a políticas de Derechos Humanos desde arriba (no propias de una cultura ya arraigada, que se nos haya dejado desarrollar) actuales que se cifran en apoyos incondicionales a mandatarios en cualquier situación, mientras otros procuran respetar los lineamientos y darlos por sentado (se oponen políticamente, pero es innegable la necesidad de la memoria); otros entienden que estos actos son mera distracción para un problema que no ha cerrado definitivamente (y que nunca lo hará). Que los gobernantes mueven a la gente a movilizarse, pero que pueden y deben hacerse cargo de lo que están en condiciones de realizar y se niegan. Quiero saber porqué sucede esto, este es el porqué de siempre. Hay intereses, hay poder, hay imagen. Hay un mantenimiento de lo obtenido que buscará esquivamente elevarse por sobre todos los problemas, atendiendo sólo a lo imprescindible, ganando doblemente: su poder queda intacto, y lo incrementan. Ya sé, son unos hijos de puta. Hay juicios pendientes, hay culpables libres y aún los que siguen ejerciendo, hay sentencias que nunca se cumplen, desaparecidos.

Y a todo esto, los que denuncian desde el nivel aparentemente institucional también se dividen y caen en la inoperancia. Izquierda o derecha, la cuestión es que por sí mismos se tambalean al interior, se miden entre sí y se dan el gustito del juego político, pero no pretenden aglutinar los verdaderos motivos y atacar, se quejan de todo, quieren figurar. Algunas se disfrazan de talantes revolucionarios no correspondidos (incluso están los que se disfrazan de rebeldes, pero mojan en arreglos, pactan con aparatos prostituidos, etc.), otros llaman a actuar pero construyen sus propios castillos de sectas y burocracia. Las universidades son focos, los colegios secundarios también, los gremios y sindicatos, todos estamos tocados. Subjetividad, acción psicológica (intereses particulares), avaricia, odios innatos, los culpables, y también la sociedad podrida, que se le añaden capas y capas de barniz para que brille y se vea bien al reflejo del mundo, mientras como pueblo, al que nadie escapa, se muere de inacción, de estafa.

¿Seguirá el ritual año a año? Seguro, otra vez. Está la dignidad que se gana sólo cuando zarandeamos esas cortinas transparentes de engaño que cae desde lo alto sobre nuestros cuerpos, cuando se la descorre, cayéndose sola, y así los juicios y la cárcel y la justicia (aunque sea insuficiente, como lo máximo que se puede intentar para responder al dolor). Pero es incompleta si no rasgamos aquellas que parten del engaño propio, previamente imperioso, de que somos los actores que tenemos que tomar esas riendas cuando desde arriba no se mueve un dedo, y para ello nos dividimos casi por inercia (ideología, biografía, intereses, cultura, determinismo), tomando caminos diferentes para separar poderes y realizar una competición desechable, de la que el ganador, ya corrompido, apuntará las injusticias, habiéndose reducido el potencial desagradable de tanta furia acumulada, con magros logros. De esta manera ya venimos haciéndolo desde hace años, y sigue el dolor.

25.12.07

Una lágrima de Navidad

santas.jpgUna lágrima de Navidad fue escrito, como casi todo, de un tirón, en fecha del veinticuatro del pasado año, la Nochebuena anterior. Esto solo puede reafirmar una cosa: lo que se diga sobre estas épocas festivas tiende a repetirse tediosamente diciembre a diciembre. (...)


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P. P.

“Fiestas” dentro de las urbes (vemos lo mismo en este año) 24/12/07

“Una lagrima de Navidad” fue escrito, como casi todo, de un tirón, en fecha del veinticuatro del pasado año, la Nochebuena anterior. Esto solo puede reafirmar una cosa: lo que se diga sobre estas épocas festivas tiende a repetirse tediosamente diciembre a diciembre, tanto en referencia a los días de paz, comprensión y felicidad que representarían, como en sus mistificaciones, atacándolos por su simbolismo, floreciendo como nunca los ánimos materiales y la pesadez de los lazos, más que nada familiares. Todo esto me libera, por lo tanto, de exponer alguna novedad o verdad, situándome, como le pasa a la mayoría que haya visto un poco de tristeza entre tanta maleza colorida y artificial, en el lugar del sofocado, buscando el lugar más cercano donde pega esa aurora que nos somete a festejar también, a la -reducida, por lo menos- reunión con -al menos de vuelta- algunos conocidos (todo es un inicio, que se acrecienta según variables factores que nos involucran, a nuestros entornos físicos, en medida sociales).

Algo ya impuesto, una tradición muy explayada que se renueva cayendo sobre nuestras cabezas en cualquier lugar del globo que se precie de civilizado; es un espíritu que ha extinguido su soplo inicial, vaciando el estuche, escapándose de las manos antepasadas y transformándose en inalcanzable, de motu propio, sobre el que cuesta retomar influencia. Sobrevivió por su propia practicidad, alzado por una lógica que no estaba al comienzo, según el cuentito, pero que le echó los ojos cuando el abuso pareció justificado por un cuerpo de progreso basado en la mente calculadora y la ciencia aplicada, hacedora de maravillas.

Por eso casi pareciera que nuestro acercamiento puede ser sólo consciente: la inconsciencia, la aceptación en pos de un disfrute de la vida único e irrepetible, es algo que dura hasta cierta edad. Quizá la más bella etapa de todas, la del niño de cualquier condición social que se entera de la llegada de una época anual asociada a ese mundo de esperanza, de luz, de obsequios (por ser ellos un regalo, una sorpresa del día a día, acumulando para lo que devendrá próximamente, los chiquitos deben vivir de regalos), una fantasía muy saludable cuando no precisan pensar en otros temas. Creo que con esta parte no hay queja posible, pues en el fragor de la adultez, días que se presten a ser vividos como alegría de los niños, destinados a ellos, son una muestra de que hay dejos en nuestro más cercenado devenir de aquellas noches centelleantes y entusiasmo por los ruidos, entre las personas más cercanas, las cenas y los depósitos al borde del árbol (otra vez, todo en la medida de las posibilidades de cada situación particular; estoy queriendo acotar a lo más global y sentido -veo que temo que no se comprenda).

Pero olvidemos por un momento a los chiquillos, y que disfruten como puedan, hay que decir –porque, lo que es detestable, desde aquí mucho más no puedo hacer. Más allá de todo desvanecimiento, que implica renunciamiento y nostalgia, y de lo que queda de estas fechas (todo vuelve al mismo punto, no dudemos que es la plata, el dinero), en las fiestas, cuando de pronto se atisban personas abandonadas, se las invita a sentarse a una mesa, se las recuerda escribiendo cartas (ahora la cosa cambia por el e-mail), poco nos damos cuenta de que somos partícipes de algo “primaveral”: un producto (que palabra, ¡eh!) de enorme potencial. Lo más perceptible es la reavivación de los deseos de felicidad ajena, veamos sino como todos andan deseándose felicidad mutua, y vayamos despacio para calcular... todos queremos ser felices, que el resto lo sea también... ¡toda la felicidad junta! Dicha, nada más que buenas cosas les ocurran a los demás, erradicar los malos designios. Apostamos tanto por esta felicidad global que no se nos antoja imposible su materialización, como si nada funesto pudiera pasar -sólo que es bastante más fácil soñarlas cuando para hacerla todavía seguimos tanteando-. Qué inmenso poder este, surgido sólo de palabras, de boca en boca, de escritos (intentemos asumir que nos nace porque sí), qué poco necesita de cables, antenas y pantallas (solo para los casos más extremos estos complementan, para que los sinceros deseos crucen territorios –que existan es otro tema, de estrecha relación). Cuántos sujetos temibles deben manifestar prosperidad para el otro, y no darse cuenta de que realmente suman, porque hasta el más maldito debe querer la gloria, ignorando que es adquirida y portada sólo en compañía, mal que le pese (los que no desean nada, como el tan mentado Scrooge, se mueren en su frasco de mayonesa si no acuden los fantasmas).

Por unos días, más aún los exaltados por los vapores del alcohol, todos vemos que sobrevuela un comportamiento general diferente; que ya no resulta tan difícil o intimidante desearle salud al otro, o al menos un buen año. Considerando las siguientes situaciones: por un lado, las peores, las de quienes quisieran poder disfrutar de estas fechas como se debe (como la lógica material dicta), pero que se han visto marginados, quedándoles llorar la lluvia de fuegos; por otro, las tremebundas, aquellos que lo tienen todo (o lo indispensable) pero odian la trascendencia porque los sume en el tedio de portar más caretas, incluso ante quienes creen conocer; la alternativa única, y no tan mala para ser el día de su llegada o el inicio de un año entero, es resignándose, refugiándose, viendo alumbrarse la noche acompañado de una copa, repasando sus idas y regresos, no teniendo inconvenientes con la posibilidad de que todos –menos el- estén pasándola bien (lo ideal, y que venía dándose en cierto momento, es que más que no tener problemas con ello, se preocupase porque de hecho estén contentos).

Fuera de estos dos casos, todo ha sido para que al día siguiente, o luego de un par de dulce resaca, retornen los vaivenes y las caras desconocidas. Los mismos semblantes, ahora son culpables de vuelta, los otros desgraciados con quienes compartimos estos pedazos de tierra, y a los que la felicidad que deseamos podría bien hundirles, porque apenas notamos que tres colores encendidos hayan surtido efecto. No hay paciencia, todo se ha hecho migas y de ellas no rescatamos más que lo efímero que resultó tanto subjuntivo. Y comprobamos, incluso, que han sido unas fiestas de morondanga, que no las hemos pasado con quien de veras queríamos (esto nunca llega a suceder, siempre alguien está de más o falta... echamos de menos un ser querido, nos sentimos solos porque no tenemos pareja, se aprecia tensión en la mesa y temor a ofender o decir algo desubicado, negándonos, impidiéndonos ser libres de indecisión). Nos hemos preocupado por los regalos hechos y recibidos (contar con la plata para hacerlos, si fueron o no adecuados, si habrán gustado, que no me gusta, que se han equivocado con mis preferencias)... en definitiva, todo está muy bien a esta altura, hay cosas que parecen inmodificables, porque hasta involucran cierta mística. Con todo, mientras sigamos sintiéndonos mal por días así, predeterminados como de paz, almacenes de todas las posibilidades de felicidad global, sólo podremos mirar hacia atrás, amargarnos y emprender otro año más, aun con la cabeza en alto, presos de la indiferencia que retorna a nuestras jornadas, aturdidos y descorchando lo que haya quedado a salvo. El típico vino del hastío.


Una lágrima de Navidad 24/12/06

Tengo ante mis ojos un escrito, la clásica obra de Charles Dickens, “Una canción de Navidad” (1843), y en el día de la fecha se celebra la mismísima Nochebuena. Podría trazar un paralelismo entre los espíritus festivos de dos épocas y espacios diferentes, que se distancian más de un centenar de años, miles de kilómetros, y vaya a saber cuántas cosas más; por su aparente inutilidad podría también no hacerlo, pero me siento con ganas de plasmar algunas cosas con respecto a estas fechas (siento que volvería a decir lo mismo año tras año, incluso equivocado, en tanto no cambian los principios rectores). Si caigo en esa inutilidad, por lo menos habré dicho unas palabras sobre este pequeño clásico que se me resistía desde hace un tiempo, una leve justificación.

dickens.jpgEl relato de Dickens consigue transmitir un espíritu navideño esplendoroso, tanto que pretende y logra contagiar al lector, que inmediatamente, desde su lugar de lector externo, físico, real, se transporta a una Inglaterra de pobladores solemnes, trabajadores y con una moral por las nubes antes y durante estos días tan esperados. “¡Feliz Navidad!”, “Que tenga un buen pasar” se cruzan entre las gentes, de todas las edades y oficios. Esos deseos de felicidad portan una elevada cuota de sinceridad que hoy día aflora, quizá, únicamente, entre seres queridos. Ante la progresiva ruptura del lazo social –el lazo que se sale de los ámbitos propios, nunca en el nivel del cero porque precisa de un mínimo mentiroso para que coagulemos-, impulsado en efecto por el sistema industrial que movía esas relaciones a su antojo, el clásico saludo y clamor de esperanza y bienandanza ajenas se ha convertido en un fraseo obligado, una terminación del discurso, preferido y proferido por la proximidad de un momento que posee mucha carga simbólica, poderoso. Ya no sabemos cuanta felicidad somos capaces de desear. Imperceptiblemente se vino dando el avance del juego físico-violento contra lo flotante: lo que supuestamente sale del alma ahora se mueve por otros carriles, lo que sostenía en el vacío y procuraba otra sensación válida por sí misma, ahora se le anexionaron mil ofertas más.

Si un personaje avaro como Scrooge parecía único en esa sociedad de rasgos utópicos (Dickens es visto, igualmente, como un realista, retratista de los parajes urbanos ingleses victorianos degradados, las injusticias sociales y los ambientes psicológicos de los personajes), donde todos se reconocían por las calles, y no había la mínima renuencia a la comida y bebida alrededor del pavo y pudding navideños (lo que me recuerda a una obrita de Agatha Christie), elementos todos que el autor sabía que pululaban, en la actualidad –desde donde yo lo percibo- puede no ser menos que reconocida la proliferación de tipos así, abordando sobre todo el lado “material” del protagonista (y no tanto su apatía por las fechas navideñas, de lo que se espera total respeto).

(Claro, lo primero es que justamente estamos hablando de dos épocas totalmente diferentes, sin ponerme a listar tales variaciones. Obviamente puede ocurrir que allá en Inglaterra, todavía quede mucho de este espíritu, y todo sea visto como un cambio natural por el progreso ilimitado humano, de manera que lo más sustancial siga siendo esperado y festejado por gran parte del pueblo inglés. Pero, veamos algo: lo que hemos hecho es importar esta clase de festejos, con todos los elementos (ampliados por el “gran país” del norte y sus tentáculos busca-encuentra consumidores, que ha hallado suficientes –y va por más- polos dispuestos a dejarse estrujar las fiestas, como forma de agradecimiento), por más distancia entre épocas y lugares, hay diferencias que estarán siempre; notemos pues, lo que se ha perdido de un espíritu que tiene tendencias universales, y habremos saltado este obstáculo a la libre acción de opinar.)

El punto es que la riqueza, el poder económico de Scrooge, no está mal visto dentro de los tecnócratas del sistema, quienes aplauden la llegada a ese paraíso de vida. Hoy se juega a un deporte extremo que todos llevan adelante, a veces en plena inocencia, en el que se lucha por un papel signado... no estoy hablando de libros o del poder de las palabras, más bien de algo que lo contiene y está aún por fuera de todo intento de reemplazo. Aquel con dinero hoy invertiría para satisfacer demandas de ocio, que se ven florecidas en tiempos donde lo que reina es una pobreza (carencia material, presente en ambos espacios) que, no obstante, ha aprendido que no lo precisa para satisfacerse (y no hablamos más de la imagen de pesebre, austeridad plena, paz campestre, apenas alterada por los mágicos regalos de tres reyes). La felicidad se desea, no se hace, es imposible por lo visto repartir felicidad materializada entre otros extraños a los que dentro de poco se empujará para competir en el regreso al mundo.

chris.jpgRetomando, si resulta que esta persona, además de mucho dinero, muestra aversión hacia lo festejado, no hay nadie que se lo recrimine en la actualidad. ¡Tiene dinero! ¡Nada entre billetes! ¡Puede hacer lo que quiera! Porque con su poder puede demostrar que es “feliz” de otra manera, no tiene necesidad de mostrar aspectos de ese calibre por un par de días al año. No sirven las burlas o voces por lo bajo que comenten la antipatía de persona(je)s como Scrooge; hoy, los pobres felices, reunidos en su estrecha mesa de patas y medio, sólo se quejarían por su superioridad en contra de la injusticia social de que son víctimas, pero no pueden decir “Él será rico, pero la pasa solo y no disfruta la navidad”, “nosotros tenemos espíritu navideño”... Ello ya no cuenta como ventaja, como sí era un aspecto salvador en el texto. Pues, con solo ver su cara de avaro, se dan cuenta que de una u otra forma triunfará en el juego mental: el sistema está de su lado y seguirá pesando por sobre todos los malos dichos y jugadas.

Si la Navidad se ha hecho objeto de grandes grupos humanos con imaginación económica, no hay lugar para que la mirada “dickensiana” llegue a prevalecer, ni sus anhelos de reconversión. Aunque la mayor altura moral de goce junto al otro pueda atentar contra la soledad del ricachón incrédulo, sólo lo hará en esas fechas que aparentemente quieren rebrotar los sentimientos de amor y paz (y dinero), única y exclusivamente. Por el resto del año, puede ser lo bastante cruel para echarles en cara los beneficios que obtiene a diario desde su lugar de privilegio.

De hecho, Scrooge vive inmerso en la masa obreros y artesanos del pueblo. Su distancia no es fatal, el trato con otros no es tan lejano y puede percibir o darse cuenta de los bienintencionados reproches a su antinavideña postura y testarudez (por más que lo que se lo comunique sostenidamente sea una sucesión de fantasmas). La figura del ricachón hoy parece inalcanzable, evade la realidad porque apenas se lo nota, se escuda tras su empresa y la imaginación económica le permite estrechar lazos con los globos poderosos, así no precisa taparse los oídos dada su indiferencia. “Los de afuera son de palo”. En su lejanía y soledad, ¿realmente está fuera de la felicidad momentánea que conlleva la Navidad? Tal vez un poco solo, poco le importa ya que sigue ganando un juego que no debiera existir.



Me quedo corto, y me molesta muchas veces caer en este lamento romanticón, del cual no puedo salir para avanzar. Sin embargo, no puedo más que darme el lujo de transmitirlo, y sentir que hago a un lado las cosas sobre las que protesto. Por esto, no tengo más que volver sobre mí, caretearla (odio las caretas) y desear seriamente paz. El resto llega solo.


5.9.07

Reflexiones geográficas

La Geografía desde la mirada de uno de sus estudiantes. Reflexiones sobre este campo del saber que no siempre estuvo adecuadamente valorado socialmente. Una dosis de crítica frente al tradicionalismo. (...)




por Franco Cinalli



Hola a todos, soy Franco. Tengo 19 años y estoy empezando la carrera de Geografía en la UBA. Voy a hablar sobre este campo del saber que, como sabemos, no siempre estuvo (ni lo está frecuentemente en la actualidad) adecuadamente valorado socialmente. Ya sea por cierto descrédito en cuanto a su valor científico, a su utilidad social o a su aparente indefinición de campos de acción concretos.

Como comentario preliminar, voy a aclarar que todo lo que digo es lo que yo pienso. Algunos datos que doy son muy estimativos, no consulté fuentes concretas o confiables, debido a que en este primer artículo no pretendo más que largarme a escribir cosas que pienso, así que aquí no pretendo ser riguroso. Esto no pretende ser ningún trabajo demasiado serio, simplemente, quiero publicar una serie de reflexiones sobre un campo de estudio que me entusiasma, y al que por ende, me pienso dedicar en el futuro.

Ahora bien, yo creo que la geografía está todavía en una etapa de juventud y que en el futuro se va a desarrollar como ciencia perfectamente reconocible, autónoma y útil. La situación actual del mundo nos plantea una circunstancia global no muy auspiciosa. Los cambios climáticos, con sus inmensas, y posiblemente, todavía no muy estudiadas, consecuencias que va a traer (no muy positivas) a la humanidad. La cual ha llegado a un estadío de desarrollo tanto industrial, como técnico y científico que ha provocado un exponencial crecimiento demográfico durante el siglo XX (a pesar de haber ocurrido en este período dos grandes matanzas humanas o guerras mundiales). Este crecimiento, al parecer se está desacelerando muy lentamente al despuntar el siglo XXI, sin embargo esto último no parece querer detener el impulso demográfico gigantesco heredado del siglo pasado. Este concepto se basa en que, por más que el crecimiento de una población se vuelva negativo, ésta va a seguir aumentando hasta alcanzar ciertos valores, es una especie de inercia propia del crecimiento vegetativo. Por lo tanto, ahora la tasa de crecimiento probablemente sea menor a las mayores del siglo XX, sin embargo, la población va a seguir aumentando debido a la merma progresiva en la tasa de mortalidad, frente a un todavía débil retroceso de la tasa de natalidad.

Me desvié un poco. Estaba hablando de los cambios climáticos. Estos cambios son producto del enorme crecimiento industrial de los últimos 100 años a lo largo de todo el mundo y su consecuente (o será al revés???) incremento numérico de las masas humanas. Lo que importa es que para sustentar, y a su vez reproducir la masa laboral que significaba toda esta gente, las industrias aumentaron su producción y productividad a ritmos elevadísimos. Gran parte de esta actividad genera contaminación atmosférica y acuática que modifica perjudicialmente los ecosistemas originales alterando (sino eliminando) el primitivo equilibrio ecológico de vastas regiones. A su vez las enormes concentraciones urbanas que implicaron la localización industrial generaron una masa creciente de residuos (hogareños, industriales, hospitalarios y hasta agrícolas) como consecuencia de la utilización masiva de materiales descartables durante el consumo, y la imposibilidad de enterrar o renovar los desechos orgánicos en el ámbito urbano.

Así también, se aceleró la extracción masiva de recursos naturales para constituir la materia prima base para la producción industrial. Con frecuencia el mal manejo de los mismos y el empleo de tecnologías deficientes llevó a una eliminación del mismo o a una drástica reducción. Lo que conllevó a un desplazamiento de los recursos (incluida población) hacia otras áreas con recursos extraíbles. Dejando áreas fuertemente degradadas ecológicamente (y socialmente, debido a la afectación de algunas poblaciones que vivían directamente de los recursos ahora ausentes, o por sufrir los efectos de la contaminación, con posibles efectos catastróficos sobre la salud o la calidad de vida).

En estrecha relación con esto, el asombroso crecimiento de la red y calidad de los transportes, en consonancia con el desarrollo industrial ya expuesto, produjo efectos sobre la naturaleza. La gran expansión de los ferrocarriles, de los barcos a vapor, de la aviación y especialmente del automóvil produjo una gran contaminación tanto directa, como indirectamente, mediante la industria automotriz.

Toda esta contaminación se libera en la atmósfera mediante la quema de combustibles fósiles, especialmente concentrada en los ambientes urbanos, por la gran concentración de autos y de industrias y de industrias automotrices que se da en esos lugares.

Ahora bien, todo esto se da en el marco de expansión del capitalismo global entre los siglos XIX y XX. Expansión que fue grandiosa, por un lado, pero por otro, fue bastante a los tumbos, con dos profundas crisis económicas mundiales y dos guerras mundiales. Hoy en día, el modelo capitalista neoliberal plantea un mundo “unido” casi sin áreas desconectadas del llamado “mundo mundial” en una excelente ironía que leí alguna vez. Ahora bien, lo que este mundo lo tiene de globalizado también lo tiene de fragmentado. La división cada vez más tajante entre países centrales y periféricos (cuyo origen es la consabida división internacional del trabajo) provoca impactos negativos fuertes en estos últimos, que se traducen, o son consecuencia de, el manejo no adecuado de los recursos ambientales. Porque los mismos son administrados en forma no equitativa desde los centros de decisión hasta las economías dependientes. Si bien los países centrales suelen provocar fuertes impactos en el clima global, ellos generalmente transportan sus industrias contaminantes hacia los países periféricos, usándolos demasiado frecuentemente como “grandes basureros”. Es evidente que los recursos que entraña el suelo planetario no son infinitos, aunque todavía no se sepa con precisión la cantidad de recursos no renovables (minerales), el manejo sustentable de los recursos renovables (biológicos) es una necesidad impostergable, ya que pueden ser una oportunidad de mantener estos recursos a lo largo del tiempo. Respecto de los primeros recursos, su situación puede llegar a ser crítica, ya que las reservas energéticas fósiles son limitadas y su quema masiva causa muchos impactos en el ambiente natural y humano y, por ende, condiciona la supervivencia del desarrollo futuro a cualquier escala.

Otro tema clave son las reservas de agua dulce, es preocupante la velocidad de contaminación de las mismas, sobretodo las causadas por las grandes urbes, las cuales consumen grandes cantidades de agua y, por ende, desechan una cantidad equivalente de aguas servidas, de pésimo efecto sobre los ecosistemas acuáticos; viéndose alterada, por ejemplo, la posibilidad de extraer recursos alimenticios (renovables) del medio acuático.

Como así también la alteración de la calidad y el drenaje de las aguas en las cuencas altas de los ríos. En este último caso, una de las actividades de impacto más dañino es la actividad minera, que altera químicamente la composición natural de los cursos de agua continentales. En tanto, la agricultura de regadío desvía los cauces, alterando el drenaje desde la parte alta de la cuenca, lo que puede ocasionar problemas en otra parte de la misma, incluso a miles de kilómetros.

Yo creo que la geografía, como disciplina integradora de todos estos procesos, tiene el papel de integrar los procesos humanos en una escala que los comprenda totalmente, esto es, en sus aspectos sociales, políticos, económicos y ambientales. La geografía, entre otras cosas tiene el importante papel de integrar todos los procesos humanos con su contexto físico-ambiental. En la mayor parte de la historia del Hombre, el ambiente no era considerado más que como un soporte, un escenario de la actividad humana. De ahí que la geografía no era más que la descripción del aspecto físico de la superficie terrestre o de pueblos lejanos. Hoy en día, tras el fuerte desarrollo de las fuerzas productivas del que hablé, no se puede considerar al ambiente físico (hidrografía, relieve, clima, vegetación) como mero escenario. Sino que el mismo se hace cada vez más fundamental, y su preservación se encuentra en peligro (cosa que no ocurría hasta hace “sólo” 80 años) por ende se encuentra en peligro la capacidad misma del hombre de sustentarse en todos los niveles. Sustento que proviene, como parece obvio, de los recursos naturales, pero que muchos parecen olvidarlo. Como dice Reboratti: “No hay pan si no hay luz, agua, ni suelo” ("Ambiente y sociedad", cap.1, p. 20).

Por ende, la geografía debería ser cada vez más importante como ciencia, que explique además de describir.

Yves Lacoste

Por esto último, la geografía como materia en la escuela debería ser revisada en sus contenidos y en su forma de dar. No muchos saben que el control sobre el territorio es un arma fundamental para el ejercicio del poder estatal, más aún del Estado Nación. Ese control es ejercido, así, por unos pocos. De ahí que, por ejemplo, todos los mapas que se publiquen en manuales escolares deben ser revisados por el Instituto Geográfico Militar, a fin de incluir en el mismo el sector antártico reclamado por Argentina (de forma ilegítima por el Tratado Antártico, que prohíbe reclamos de soberanía de cualquier país sobre porciones de ese continente helado), y las Islas Malvinas.

Todo esto contribuye a crear la imagen de que la Geografía es una materia inútil, que no precisa más que memoria, o a lo sumo, la explicación de algún fenómeno climático o geológico. Cuando es todo lo contrario. Yves Lacoste denuncia este hecho como un engaño de los grupos de poder que ejercen el control territorial (por ejemplo, para hacer la guerra) sobre los ciudadanos en formación de hacer pasar ante ellos que la geografía no sirve más que como una materia “que tiene que estar” y nada más. Justamente, eso crea que pocos se den cuenta de lo que realmente hace la geografía (y hace mucho).

Por eso, es tiempo, como lo requiere el contexto global actual, de que la geografía se actualice mucho en su enfoque de los problemas socio ambientales cada vez más importantes. Aportando de una manera renovada su énfasis en ciencia que puede explicar los hechos sociales en relación con el ambiente de manera amplia y dinámica. Dejando así de ser un instrumento más de la tradicional y obsoleta maquinaria de la enseñanza nacional.

Franco Cinalli

Estudiante de Geografía, UBA.



 
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