6.9.08

Una canción de cuna rusa

Una canción de cuna, rusa, sí. Russian Lullaby es el título de una canción de Irving Berlin (1888-1989) (¡!), compositor de origen ruso radicado en los EEUU. El tema se ha convertido en lo que se conoce como standards del jazz, sobre el que se apilan miles de versiones interpretadas por generaciones de músicos de todas partes.

La Historia es interpelada con sus propias versiones que indican que Berlin escribió esta canción como una muestra de -humilde- apoyo a la opresión del incipiente régimen stalinista en Rusia, alrededor de 1927. La madre que arropa a su bebé y le canta, el padre bigotudo que, aunque ausente, los sofoca, un llamado a la libertad que el observaba de su tierra "americana", apenas irrepetible y muy cerca de perderse. La libertad no es lugar para nadie, en esos años ni ahora, pero se le han cantado muchos lamentos. Al pequeño hijo no sólo lo preservaba del Coco, sino que lo escondía de otros sustos, de que se le impregnara un pensamiento fijo, un bálsamo de recetas para la vida. El Estado no tiene la misión teórica de evitar que sea un "aislado" y una amenaza para el orden social por ser un Ser que mira como el todo se mueve a su alrededor, él haciendo dedo. Quiere que, apretado junto a los demás, se roce con ellos y se sienta parte de un total soviético. Este es el plan máximo, que se manifestó en fracaso, y el bebé llora y desagua en el Volga, la madre meciendo, sonando la canción arrulladora.

Where the dreamy Volga flows
There's a lonely Russian Rose
Gazing tenderly
Down upon her knee
Where a baby's brown eyes glisten
Listen

Ev'ry night you'll hear her croon
A Russian lullaby

Just a little plaintive tune
When baby starts to cry

Rock-a-bye my baby
Somewhere there may be

A land that's free for you and me
And a Russian lullaby

La primera estrofa es frecuentemente omitida en las versiones que por ahí anduve escuchando. El inicio de la canción es más bien instrumental y arranca hablando de la noche gélida nórdica. Dí con ella a través de unas grabaciones de Oscar Alemán, talentosísimo guitarrista argentino swing, y posteriormente la escuché cantada también por un tal Jerry Garcia, puerta de acceso a mucha musicografía. A continuación dejo dos versiones para que la escuchen. (...)




P.P.



5.9.08

Cuatro notas acerca de E.A. Poe (va la primera)

Introducción

Vamos a echar aún más leña, sí señor. Al fuego todavía muy brillante que nos ha legado semejante espíritu de extrema sensibilidad y mente puntiaguda, a su majestuosa obra que nos pertenece, de la que nos apropiamos en todo momento, como debe ser.

(Y quizás toda aparición en la ciencia literaria no sea más que una forma de reconocer esas influencias, que implica tomar la lupa, rastrear palabra por palabra y lograr todo tipo de interpretaciones, ocupando cabezas y épocas. ¿Para qué? En lo personal, se me hace de mero entretenimiento, porque la utilidad en términos relativos y muy exigentes puede verse seriamente limitada. Algún juego intelectual, un regocijo por ver lo que ha visto un genio, en fin, un rescatable placer, que a todos atrae y que, al menos indirectamente, integra el espectro de los esfuerzos por penetrar y conocer el alma humana, cuando no sanearla de sus eternos demonios. Como lo que cada uno tenga para decir sobre determinado autor queda descartado por “teoría” cuando prima lo que le ha sido significativo para sí, sin importar que haya ocurrido o no en otros (aquí varios humanistas recelarán, me too), -sin abocarse a métodos que a la larga se repetirán, o a cánones literarios, crítica textual, simbologías, que aquí no se van a estudiar académicamente-, ello nos deja tranquilos para opinar lo que queramos).

Y así luego, tomarnos la libertad de reproducir una serie de notas sobre la obra de Edgar Allan Poe, escritas en 1954 por Lucía A. Z. De Sampietro para la revista “Humanidades” de la Universidad de La Plata, no concebidas –desde el nosotros- para ser adheridas al oficialismo –si es que existe- en la materia; en cambio, sí para aportar enclaves desde donde admirar la inequívoca belleza de su arte.

Es muy probable, o casi cierto, sin embargo, que estas “Cuatro notas acerca de Edgar Allan Poe” hayan sido fruto de estudios exhaustivos, de cotejo con otras opiniones, de clasificaciones, comparaciones odiosas e imposiciones de ideologías. Con todo, no son anulables entre sí los fines: el contenido de estos lúcidos ensayos aprieta las manos entre conocimiento y gustito por lo que se estudia, y lo que nuestros corazones delatan al leer la obra del poeta bostoniano; como pude haber seleccionado estas notas (que obtuve revolviendo una austera y completita librería de barrio), podría haber sucedido con otras mientras no se perdieran en recetarnos lentes para apreciar el carácter universal de la obra. No hay interés en reafirmar su universalidad nuevamente, y por el resto de los tiempos, más que redescubriéndolo (estos casos de literatura universal a veces resultan inagotables, y nosotros demasiado pesados) a través de lecturas propias y ajenas, sintiendo que es allí donde flota lo que lo hace plausible de ser compartido por la humanidad, de este preciso instante (seguro que hay alguien por ahí leyendo El gato negro o El escarabajo de oro, por nombrar alguno).

Los logros “técnicos” del Poe escritor y filósofo, jamás serán desestimados, por el contrario, se ponderan y se convierten en los pilares de trascendencia para otros posteriores. Pero no deben ser tomados como las claves para explicar su preeminencia, su formidable efecto en los lectores de toda la historia. O al menos no aquí; nos aislamos de remisiones a las legitimaciones del mundillo académico, que buscan aislar a la vez el sentido común, del que precisan distinguirse, y simular que lo aclaran todo. Juguemos un poco con las propias percepciones, mezclemos con algunos puntos nuevos que cambien lo que veíamos antes, aceptándolos, o rechacémoslos por completo. Pasaron ya muchos años; a menos que la teoría universal de Eureka llegue a mostrarse en toda su dimensión algún día, no hay motivo para tomar su persona-obra con demasiada seriedad o como espacio político, sino como entretenimiento, universal, que se ha esparcido por tantas almas... ¡sin llegar a ver la teoría! (sigue...)

p.p.



Lucía A.Z. De Sampietro (

"Cuatro notas acerca de Edgar Allan Poe" (1954)

{ I }

Agonía y soledad

And all I loved, I loved alone

E. A. Poe

Al colocar este verso de Edgar Allan Poe como epígrafre de sus traducciones, Carlos Obligado está señalando ya la importancia capital que posee para la mejor comprensión y valoración de la obra y la vida del atormentado poeta americano.

En los versos de Alone, está prefigurado el carácter de los conflictos vitales que torturaron a este gran idealista, incomunicado y solitario, cuya palabra sonora, atravesando los tiempos, lleva su mensaje esencial a “estirpes no nacidas”.

Como el ángel Israfel, en las fibras de su corazón vibraba un laúd, y cada uno de sus cantos fue la transfiguración de un padecer.

Si alguien en la literatura americana merece el calificativo de agonista, con plena y etimológica verdad, ése es Edgar Allan Poe. Su vida fue una constante agonía, esto es, una constante lucha. En pugna desigual contra la sociedad y la época (no lo supieron comprender más que unos pocos), contra el destino siempre adverso, y consigo mismo, nada pudo –no obstante- apagar la llama luminosa de su genio, ni su pasión ardiente, ni desviarlo del camino del puro ideal –Verdad y Belleza- que buscaba su alma. Luchó y luchó solo; y cuando lo alcanzó la muerte, llegó a la “suprema soledad”, como la llamaba el gran Unamuno.

La primera parte de Alone es la más significativa. En una apretada síntesis, Poe nos da los caracteres de su soledad, desde la infancia. Pero su soledad proviene, más que nada, de sentirse, de saberse diferente a los demás. Ese sentimiento de extranjeridad, lo acompaña a través de toda su vida y va a reflejarse ineludiblemente en sus poemas y cuentos.

From childhood’s hour I have not been As others were; I have not seen As others saw; I could not bring My passions from a common spring. From the same source I have not taken My sorrow; I could not awaken My heart to joy at the same tone; And all I loved, I loved alone.

¿Qué causas influyeron para el desarrollo de un sentimiento tan poderoso, tan íntimo? Los biógrafos de Poe señalan la influencia decisiva de la muerte de su madre. Contaba menos de tres años de edad cuando quedó huérfano. En verdad, pocos recuerdos podía conservar, pero de un modo enfermizo, la imagen de Elisabeth Poe fue cobrando, en él, dimensiones extraordinarias. Edgar hizo de ella un ser ideal, un arquetipo de belleza física y espiritual, un canon para avalorar a todas las mujeres. Según Edmond Jaloux, Poe buscó a través de todos sus amores, el recuerdo de ese rostro de ojos extraños que se refleja en todas las heroínas de sus cuentos. Por otra parte, el tema de la muerte –el amor y la muerte van de la mano tanto en su vida como en su obra-, sería consecuencia directa de la muerte de su madre, que se repite a lo largo de su existencia, en la señora Allan, en Helen Stanard, y en Virginia. El mismo Jaloux ve una identidad casi absoluta entre la mirada terrible y dilatada de Elisabeth, (tal como aparece en el retrato conservado por su hijo) y la descripción de la mirada de Ligeia.

Quizá para huir de su soledad, buscó siempre y sucesivamente alguna mujer que iba a constituir algo así como una presencia tutelar –casi maternal-, un apoyo moral, afectivo. Necesitó como se necesita un elemento vital, una presencia femenina a quién amar.

Bajo otro aspecto, la crítica positivista ha ejercido una acción devastadora sobre la personalidad de Poe. Pese a ella, como poeta, se salva cabalmente para la posteridad. Si su figura humana no alcanza grandeza moral, quizá se deba a que sus facultades artísticas se desarrollaron exageradamente con detrimento de las otras. Dice Jung al respecto: “Dentro de él (del artista) luchan dos potencias: el hombre común y corriente, con su derecho a la dicha, a la satisfacción y a la seguridad de la vida, de una parte, y de otra la implacable pasión creadora que en ciertos casos le obliga a pisotear todos sus deseos personales. Esto es lo que explica porqué la vida personal de tantos y tantos artistas es tan poco satisfactoria e incluso trágica, no precisamente por imperio de un destino sombrío, sino por la subestimación de en que estos hombres tienen su personalidad humana. Rara vez nos encontramos con un hombre creador que no pague cara la centella divina de su gran inspiración” (...) “Lo humano se sacrifica y se desangra en el artista, no pocas veces, para alimentar la parte creadora hasta el punto que le obliga incluso a desarrollar malas cualidades, por ejemplo, un egoísmo simplista y despiadado (el llamado autoerotismo), la vanidad y todos los vicios imaginables, y todo ello para infundir al yo humano, por lo menos, un poco de energía vital y evitar que perezca completamente exhausto”. ([1])

Así, pues, no podemos juzgar su obra por su vida, ni considerarla como una contradicción de su ser más íntimo. Esa pura exterioridad en la cual se basaron muchos críticos para valorar a Poe, no basta para comprender al hombre y mucho menos al poeta. Como poeta, su creación es el resultado necesario e intransferible de una torturada y lúcida pasión, y de la potencia gigantesca de su pensamiento.

Su incoercible voluntad de grandeza se debatió contra el pragmatismo de su época y el credo positivista del siglo XVIII con sus doctrinas del éxito y del esfuerzo propio que tanto había preconizado Franklin, americano típico, verdadera antítesis del espiritualista autor de The Raven. Como dice Baudelaire, Poe était la bas un cerveau singulierement solitaire. ([2])

Pero el destino del genio es vivir en soledad. Sólo en el destierro la creación alcanza la más alta expresión, su nota más pura.

Cronológicamente, Poe pertenece al fecundo período que va desde 1830 a 1870 ([3]) -“época áurea”- en el que se destacan personalidades como Emerson, Thoreau, Hawthorne, Melville y Whitman, en el que tiene lugar el movimiento trascendentalista, que influyó tanto en la filosofía y en la literatura como en el orden religioso, político, social, etc.

Pero la referencia es solamente cronológica. En Poe se produce lo que Julius Petersen ha denominado acertadamente “escisión de la generación”, y “que radica en esa posición especial que se puede observar siempre, que excluye a algunos compañeros de edad, de la comunidad de la generación”([4]).

Él no está con ningún grupo. Si bien al comienzo de su carrera pareció acercarse al círculo dirigente de Boston, su carácter altanero y la causticidad de su crítica, suscitaron pronto enemistades y rencores que amargaron su existencia trágica y desolada.

Así, mientras podemos afirmar que su obra no refleja más que unilateralmente la época y el lugar en que vivió, su poesía –prosa y verso-, está plena de vivencias personales. Contados serán los poemas o cuentos en donde ellas no asomen o se manifiesten claramente. Los fondos personales de su obra constituyen a menudo la fuente primordial de donde surgen verdaderas joyas, tales como Ulalume, Annabel Lee, For Annie, William Wilson, y otras.

El sello de su ser, el que nos revela su auténtica mismidad espiritual, está inmerso, vívido, en la totalidad de su obra. Esto no quiere decir que podamos explicar taxativamente su poesía por los factores esencialmente personales que intervienen en ella, puesto que, como toda alta poesía, rebasa al artista creador, va mucho más lejos, trasciende los límites que circunscribían la creación.


[1] Psicología y Poesía, en Filosofía de la Ciencia Literaria, trad. de C. Silva, Fondo de Cultura Económica, México, 1946, págs. 349-350.

[2] Histoires Extraordinaires, Traduit d’Edgar Poe. París, Lemerre, s.f.

[3] Debemos considerar, sin embargo, con respecto a Poe, que vivió sólo hasta 1849.

[4] Las generaciones literarias, en Filosofía de la Ciencia Literaria, ed. cit., pág. 159.


Aclaración: A pesar de buscar activamente en internet, no tenemos a disposición mayor información sobre la autora y materiales similares de su propiedad, por lo que rogamos que si conocen algo más, se comuniquen con nosotros en seguida. Gracias!

Al abrigo del alma insatisfecha

Un hombre y su capote. Digamos que yo andaba en la búsqueda de un gabán que me hiciese pasar por un bicho oscuro, protegido y repelente, en medio de la ciudad helada, rellenando sus bolsillos de migas, pastillas de primeros auxilios, discos comprimidos en chips, monedas y demás fetiches, pero digamos en fin que era más esto último que una verdadera pesquisa por tiendas de ropa, ya que tampoco dentro de este crudo invierno pude asumir la pesada carga que significa probarme y reprobarme a mí mismo ante el espejo. No quería entrar a una tienda; este invierno soñé con darle trabajo a algún sastre venido a menos por las nuevas modas, sentirme de otro siglo quizás ante la única mirada del viejo y sus centímetros colgando del hombro. No hubo caso. (...)

Ahora bien, el ucrano-ruso Gógol (1809-1952) sí que hiló fino en la relación del hombre, la adustez del clima polar petersburgués y lo que significa un buen abrigo, que además de protector, fuese estimulante desde un punto de vista de extravagante estética. Porque además de su minimizada y rechazada apariencia física –que, no obstante, lo tiene sin cuidado- el martirizado funcionario que protagoniza “El Capote” se llama Akaki Akakievich Bashmachkin, y lo que una prenda exterior sometida a heladas puede llegar a cubrir del cuerpo, aquí también parece contener sus crecientes emociones de peón de oficina que cargan con tamaño nombre y demás extrañezas.

Mal pagado desde siempre, la pequeña marioneta burocrática no hacía más que efectuar, desde la cama al trabajo, del trabajo a su sopa de schi nocturna y otra vez a la cama con ellas, copias de cartas y documentos ministeriales en su empleo de copista. No era que lo detestase, al contrario, su limitado empleo era su vida, un gusto por cumplir día a día. Más allá de las hojas, líneas y letras, nadie se preocupaba por él, ni tampoco era merecedor de respeto alguno: el blanco predilecto de las burlas de sus compañeros de trabajo, festejando su impavidez, su soledad. Haciendo oídos sordos a las punzantes bromas, Bashmachkin exclamaba “¡Dejadme! ¿Por qué me ofendeis?” (una exclamación suspirante que conmueve ante el silencio por respuesta) sólo cuando estas se tornaban francamente insoportables. ¿Por qué molestar al otro? ¿Qué había hecho el pobre empleado? Casi nada, más que dedicarse con esmero a ese puesto que a él solo le pertenecía. Y a pesar de eso, su presencia era tan insignificante en ese ámbito y en cualquier otro, porque cualquier atención que se le prestase era efímera, al pasar. Ensimismado, enajenado pero sin estar triste, como si desconociera cualquier otra cosa, lo único que el realismo de Gogol podía planear para alguien así era que tornase completamente su vida en pos de una obsesión.

“Existe en Petersburgo un enemigo terrible de todos aquellos que no reciben más de cuatrocientos rublos anuales de sueldo. Este enemigo no es otro que nuestras heladas nórdicas, aunque, por lo demás, se dice que son muy sanas”. La realidad es friolenta aquí más que nada. Los empleaduchos como Akakiy Akakievich eran víctimas de este intenso frío hasta llegar a las oficinas, donde tardaban un par de minutos en descongelarse. Abrigados acorde a sus orígenes, el capote era la prenda última, clásica, imprescindible, y esto fue lo que torció la vida del protagonista. Pronto notó que el frío había logrado atravesarle el suyo, provocándole dolores en algunas partes donde el paño se había estado gastando y el forro descosiendo. Golpeado finalmente por algo real y externo que le sacaba de la sumisión constante y le lastimaba, Akakievich se enfrascará en la misión de hacerse de un nuevo capote. Comenzaría a ahorrar ascéticamente, mes a mes, cada centavo, “Hemos de confesar que al principio le costó bastante adaptarse a estas privaciones, pero después se acostumbró y todo fue muy bien. Incluso hasta llegó a dejar de cenar; pero, en cambio, se alimentaba espiritualmente con la eterna idea de su futuro capote. Desde aquél momento diríase que su vida había cobrado mayor plenitud; como si se hubiera casado o como si otro ser estuviera siempre en su presencia, como si ya no fuera solo, sino que una querida compañera hubiera accedido gustosa a caminar con él por el sendero de la vida. Y esta compañera no era otra, sino... el famoso capote. Se volvió más animado y de carácter más enérgico, como un hombre que se ha propuesto un fin determinado”. Para todos aquellos desdichados que a menudo nos deslizamos sobre las franjas de la soledad, del alejamiento, que desdeñamos la compañía por X razón, sabemos lo que puede significar tener de repente un motivo por el que levantarnos días tan fríos y oscuros. Probablemente sea cierto que un hombre que nunca jamás en su mísera vida ha sentido nada por otra persona, bien pueda tener sus primeros pasos hacia algo como un capote, que al fin y al cabo, ha sido para él su protección frente al más temido enemigo, quien impunemente acabó por deshacérselo. Un capote nuevo representaba ahora todo en su vida: imperioso por el frío que le calaba los huesos, debía ser el mejor que pudiese conseguir. No entraba en su dicha y alegría cuando por fin, después de tantos esfuerzos, lo tuvo sedoso entre sus manos, cuando lo estrenó cubriendo su pequeño cuerpo. Era otro Akaki Akakievich Bashmachkin. El frío no penetraba ahora la fortaleza del forraje, y hasta su vistosidad le sentaba bien, luciéndolo toda vez que hallaba oportunidad.

Pero como toda compañera/o de vida, o los perdemos en nuestro trayecto o nos los quitan. Se arruina un poco de vida por ello. ¿Qué pasa cuando al entrañable protagonista le arrebatan violentamente, en medio de una madrugada oscura y helada, algo bebido, su preciado capote? Directamente el dolor es demasiado. Sobre todo cuando los ladrones son unos especialistas –un antes y un después del fantasma del protagonista- y la burocracia para recobrarlo le impide cualquier ilusión. No existe forma de recuperarlo, ningún funcionario se ocupa de su caso. Todo parece volverse peor que antes. Se pesca una angina de aquellas luego de acudir a su última esperanza, latente en un funcionario por demás hipócrita (la “alta personalidad”), quien le echa tratándole horriblemente, y la muerte no tarda en cernirse sobre su entumecido cuerpo, al que por dentro abrasa la fiebre. “Así desapareció un ser humano que nunca tuvo quien le amparara, a quien nadie había querido y que jamás interesó a nadie. Ni siquiera llamó la atención del naturalista, quien no desprecia de poner en el alfiler una mosca común y examinarla en el microscopio. Fue un ser que sufrió con paciencia las burlas de sus colegas de oficina y que bajó a la tumba sin haber realizado ningún acto extraordinario; sin embargo, divisó, aunque solo fuera al fin de su vida, el espíritu de la luz en forma de capote, el cual reanimó por un momento su miserable existencia, sobre quien cayó la desgracia, como también a veces cae sobre los privilegiados de la tierra...”. Este párrafo para mí es grandioso, hubiese deseado que el cuento acabara allí mismo para cerrar de una el librito y sentir que estaba hecho.

Mas no sucede así, Gogol es bastante piadoso –ojo con este calificativo- en extender el relato deshilvanando lo que siguió al fallecimiento de Akaki Akakievich: una suerte de venganza sobre todos los ciudadanos y sus capotes mientras se pasearan a solas por determinados lugares bajo el frío hiperbóreo y la bruma, enfrentándose a su reencarnación fantasmal: por más que la conmiseración atormente luego al general, por más que en el trabajo empiecen a recordarlo por estas reapariciones que desvisten a la ciudad, el fantasma parece haberse unido al ladrón original. Es una mezcla de trágico destino al que hemos llegado por vías de un humor entristecedor. El alma no ha podido descansar en paz, cálida –denotando la vulgaridad del alma residente en todo hombre para Gógol, diabólicamente-, y prosigue su obstinada e infinita búsqueda -ya casi una recolección- de compañía con la que arroparse.

Pablo Pereira

 
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