17.4.09

entre nos -revival-


Si, ahora te entiendo: querés salir
Los movimientos al fin han servido,
ya te saco, esperá a que me abroche la camisa.
No desesperes, que la saliva se contenga,
que la cola no despierte a los vecinos
cuando golpea el marco.

La calle poco iluminada, sucia, te llama desde la ventana
te voy a dejar libre: hoy sin correa; pero te aviso con la mirada: cuidado.
No sabemos quién nos espera.
Aunque me parece que ya sabés qué querés encontrar.

Oh, sí, la viste. En el centro de la plaza, esbelta, perfumada,
paseándose con altura, entre otros.
Y te digo, tengo que decirte:

"Querido Firulais, no temas por ella,
que se pasea vistosa ante las jaurías,
acarreadas por la muchedumbre de la plaza,
ella, que se cree demasiado insegura para dejarse oler,
y por eso mueve la cola entre aquellos atados al amo,
y al canil derruido.
No, mi fiel amigo, mejor resignate a tus árboles,
a las compañías efímeras, saludables, de tus dueños y sus amigos,
a las caricias de las viejas y los chiquillos, que te llaman, "guau-guau",
al sueño.
Y no te me sientas sólo, por favor, que me hacés mal.
Ahora te saco a pasear, veamos qué pasa."

Te sigo a prudente distancia, mientras cruzás las calles.
Aminorás la marcha, y me mirás. Ya conozco esa expresión.
No está, se ha ido, quedó la masa del canil.
Ha elegido regresar, salir más tarde. Quizás es delicada,
o su dueño tampoco te quiere. Algún día le hablaré a la cara,
sobre la edad, el pelaje, las construcciones del barrio.
Te daría tiempo para que se conozcan.

Vamos a dar una vuelta a la manzana, muchacho.
Quizás aparezca otra, que no exija tanto,
yo veo que tu corazón se siente a cuadras de distancia,
donde los collares no alcanzan a rodearte.

Jadeá, limpiá tu boca y dejate llevar,
por los pájaros que muestran su despegar, envidiable...
¡Les ladrás! ¡Querés volar con ellos!
Oh, amigo, me doy cuenta al instante... quiero hacer lo mismo!
¡Te acompañaría! ¡Estoy igual que vos, muchacho!
Si no pertenecés a este mundo, yo tampoco;
tal vez ellos no pertenezcan al nuestro.

Arrojo la correa que no te sujetó, las llaves de entrada,
y nos lanzamos a la carrera por los adoquines...
y ahí, ahí mismo, la encontramos.
Entonces volvés la mirada,
un pequeño sollozo, la cola entre las patas,
te sometés de vuelta. Te comprendo, amigo.

Hay que volver a casa.

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