3.7.11

Invierno, calidez en el alma


(...)


(...) En la naturaleza hay un fuego subterráneo y adormilado que nunca desaparece, y que nin­gún frío puede congelar. Termina por derretir las grandes nieves, y en enero está oculto bajo una capa más gruesa que en julio. En los días más fríos, se desplaza hacia alguna parte y la nieve se funde alrededor de todos los árboles. El fuego está cubierto por la capa más delgada en el campo invernal de centeno, que brota a fina­les de otoño, y que ahora funde rápidamente la nieve. Sentimos cómo nos calienta. En el in­vierno el calor simboliza toda la virtud, y pensamos en un delgado riachuelo con sus piedras desnudas brillando al sol y en los cálidos ma­nantiales del bosque con el mismo anhelo que las liebres y los tordos. El vapor que se eleva de los pantanos y las lagunas nos resulta tan queri­do y familiar como el que sale de la tetera. ¿Qué fuego podría igualar al brillo del sol en un día de invierno, cuando el ratón de campo se asoma junto al muro y el paro carbonero cecea en los desfiladeros del bosque? El calor proviene di­rectamente del sol, no lo irradia la tierra como en verano; y, cuando sentimos sus rayos sobre la espalda mientras atravesamos a pie algún valle nevado, agradecemos esta benevolencia especial y bendecimos al sol que nos ha seguido en este paseo.

(...) Entremos en la cabaña abandonada del leña­dor y veamos cómo ha pasado las largas noches de invierno y los días cortos y tormentosos. Porque aquí el hombre ha vivido protegido por la ladera sur y parece un sitio civilizado y públi­co. Hacemos las mismas asociaciones que el viajero cuando se detiene en las ruinas de Palmira o Hecatómpolis. Quizá han empezado a aparecer flores y pájaros que cantan, porque las flores y las hierbas siguen los pasos del hombre. Estos pinabetes susurraban por encima de su cabeza, estos nogales americanos eran su com­bustible y estos pinos resinosos encendían su fuego; el riachuelo humeante en la hondonada de allí, cuyo vapor insustancial y transparente sigue ascendiendo con el mismo ajetreo de siempre, fue su pozo, aunque ahora esté lejos.
Estas ramas de pinabete y la paja sobre la plata­forma elevada eran su cama; y bebía de este pla­to roto. Pero es evidente que esta temporada no ha estado aquí, porque los aguadores han ani­dado sobre este estante el verano pasado. En­cuentro algunas ascuas, como si acabara de marcharse, donde cocía sus alubias. Mientras por las noches fumaba en pipa, cuya cazoleta sin boquilla está tirada sobre las cenizas, con­versaba con su único compañero, si por casuali­dad tenía alguno, sobre la profundidad que al día siguiente tendría la nieve, que ya caía rápi­da y copiosamente, o discutían si el último rui­do era el chillido de un búho, el crujido de una rama o pura imaginación. Y a través del ancho hueco de la chimenea, cuando caía la noche in­vernal, antes de tumbarse sobre la paja, miraba hacia arriba para ver la evolución de la tormen­ta, y al ver las estrellas de la Silla de Casiopea brillando por encima de él, se dormía feliz.

Thoreau, Henry David, "Un paseo de invierno" ["A winter walk", The Dial, vol. IV, núm. 2, octubre 1843.]

en Desobediencia civil y otros textos


Enero allá invierno, en el Norte. Pero aquí, en Julio. Invierno sigue siendo. Como cada estación, se le proponen decorosas palabras que le encuentren hermosura a cada estado de nuestras vidas. Planeta gira y planeta se enfrenta al Sol, el Sol que quema los costados de la Tierra cada vez más desigualmente por nuestra acción, y frente a eso, seguramente dejemos de soñar con mirarlo directamente a su cara sin perder la vista, y nos limemos a golpes entre nosotros. Y pediremos al Sol clemencia y un rayo más en nuestras espaldas, cuando paseemos como el trascendentalista de Thoreau, felíz de caminar al menos cuatro horas bajo su calurosa mirada.

Y saldremos de esa. Nos daremos las manos entre extraños y saludaremos a la Paz, única palabra universal.

 
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