5.9.08

Cuatro notas acerca de E.A. Poe (va la primera)

Introducción

Vamos a echar aún más leña, señor. Al fuego todavía muy brillante que nos ha legado semejante espíritu de extrema sensibilidad y mente puntiaguda, a su majestuosa obra que nos pertenece, de la que nos apropiamos en todo momento, como debe ser.

(Y quizás toda aparición en la ciencia literaria no sea más que una forma de reconocer esas influencias, que implica tomar la lupa, rastrear palabra por palabra y lograr todo tipo de interpretaciones, ocupando cabezas y épocas. ¿Para qué? En lo personal, se me hace de mero entretenimiento, porque la utilidad en términos relativos y muy exigentes puede verse seriamente limitada. Algún juego intelectual, un regocijo por ver lo que ha visto un genio, en fin, un rescatable placer, que a todos atrae y que, al menos indirectamente, integra el espectro de los esfuerzos por penetrar y conocer el alma humana, cuando no sanearla de sus eternos demonios. Como lo que cada uno tenga para decir sobre determinado autor queda descartado porteoríacuando prima lo que le ha sido significativo para , sin importar que haya ocurrido o no en otros (aquí varios humanistas recelarán, me too), -sin abocarse a métodos que a la larga se repetirán, o a cánones literarios, crítica textual, simbologías, que aquí no se van a estudiar académicamente-, ello nos deja tranquilos para opinar lo que queramos).

Y así luego, tomarnos la libertad de reproducir una serie de notas sobre la obra de Edgar Allan Poe, escritas en 1954 por Lucía A. Z. De Sampietro para la revistaHumanidadesde la Universidad de La Plata, no concebidas –desde el nosotros- para ser adheridas al oficialismosi es que existe- en la materia; en cambio, para aportar enclaves desde donde admirar la inequívoca belleza de su arte.

Es muy probable, o casi cierto, sin embargo, que estasCuatro notas acerca de Edgar Allan Poe” hayan sido fruto de estudios exhaustivos, de cotejo con otras opiniones, de clasificaciones, comparaciones odiosas e imposiciones de ideologías. Con todo, no son anulables entre los fines: el contenido de estos lúcidos ensayos aprieta las manos entre conocimiento y gustito por lo que se estudia, y lo que nuestros corazones delatan al leer la obra del poeta bostoniano; como pude haber seleccionado estas notas (que obtuve revolviendo una austera y completita librería de barrio), podría haber sucedido con otras mientras no se perdieran en recetarnos lentes para apreciar el carácter universal de la obra. No hay interés en reafirmar su universalidad nuevamente, y por el resto de los tiempos, más que redescubriéndolo (estos casos de literatura universal a veces resultan inagotables, y nosotros demasiado pesados) a través de lecturas propias y ajenas, sintiendo que es allí donde flota lo que lo hace plausible de ser compartido por la humanidad, de este preciso instante (seguro que hay alguien por ahí leyendo El gato negro o El escarabajo de oro, por nombrar alguno).

Los logrostécnicosdel Poe escritor y filósofo, jamás serán desestimados, por el contrario, se ponderan y se convierten en los pilares de trascendencia para otros posteriores. Pero no deben ser tomados como las claves para explicar su preeminencia, su formidable efecto en los lectores de toda la historia. O al menos no aquí; nos aislamos de remisiones a las legitimaciones del mundillo académico, que buscan aislar a la vez el sentido común, del que precisan distinguirse, y simular que lo aclaran todo. Juguemos un poco con las propias percepciones, mezclemos con algunos puntos nuevos que cambien lo que veíamos antes, aceptándolos, o rechacémoslos por completo. Pasaron ya muchos años; a menos que la teoría universal de Eureka llegue a mostrarse en toda su dimensión algún día, no hay motivo para tomar su persona-obra con demasiada seriedad o como espacio político, sino como entretenimiento, universal, que se ha esparcido por tantas almas... ¡sin llegar a ver la teoría! (sigue...)

p.p.



Lucía A.Z. De Sampietro (

"Cuatro notas acerca de Edgar Allan Poe" (1954)

{ I }

Agonía y soledad

And all I loved, I loved alone

E. A. Poe

Al colocar este verso de Edgar Allan Poe como epígrafre de sus traducciones, Carlos Obligado está señalando ya la importancia capital que posee para la mejor comprensión y valoración de la obra y la vida del atormentado poeta americano.

En los versos de Alone, está prefigurado el carácter de los conflictos vitales que torturaron a este gran idealista, incomunicado y solitario, cuya palabra sonora, atravesando los tiempos, lleva su mensaje esencial a “estirpes no nacidas”.

Como el ángel Israfel, en las fibras de su corazón vibraba un laúd, y cada uno de sus cantos fue la transfiguración de un padecer.

Si alguien en la literatura americana merece el calificativo de agonista, con plena y etimológica verdad, ése es Edgar Allan Poe. Su vida fue una constante agonía, esto es, una constante lucha. En pugna desigual contra la sociedad y la época (no lo supieron comprender más que unos pocos), contra el destino siempre adverso, y consigo mismo, nada pudo –no obstante- apagar la llama luminosa de su genio, ni su pasión ardiente, ni desviarlo del camino del puro ideal –Verdad y Belleza- que buscaba su alma. Luchó y luchó solo; y cuando lo alcanzó la muerte, llegó a la “suprema soledad”, como la llamaba el gran Unamuno.

La primera parte de Alone es la más significativa. En una apretada síntesis, Poe nos da los caracteres de su soledad, desde la infancia. Pero su soledad proviene, más que nada, de sentirse, de saberse diferente a los demás. Ese sentimiento de extranjeridad, lo acompaña a través de toda su vida y va a reflejarse ineludiblemente en sus poemas y cuentos.

From childhood’s hour I have not been As others were; I have not seen As others saw; I could not bring My passions from a common spring. From the same source I have not taken My sorrow; I could not awaken My heart to joy at the same tone; And all I loved, I loved alone.

¿Qué causas influyeron para el desarrollo de un sentimiento tan poderoso, tan íntimo? Los biógrafos de Poe señalan la influencia decisiva de la muerte de su madre. Contaba menos de tres años de edad cuando quedó huérfano. En verdad, pocos recuerdos podía conservar, pero de un modo enfermizo, la imagen de Elisabeth Poe fue cobrando, en él, dimensiones extraordinarias. Edgar hizo de ella un ser ideal, un arquetipo de belleza física y espiritual, un canon para avalorar a todas las mujeres. Según Edmond Jaloux, Poe buscó a través de todos sus amores, el recuerdo de ese rostro de ojos extraños que se refleja en todas las heroínas de sus cuentos. Por otra parte, el tema de la muerte –el amor y la muerte van de la mano tanto en su vida como en su obra-, sería consecuencia directa de la muerte de su madre, que se repite a lo largo de su existencia, en la señora Allan, en Helen Stanard, y en Virginia. El mismo Jaloux ve una identidad casi absoluta entre la mirada terrible y dilatada de Elisabeth, (tal como aparece en el retrato conservado por su hijo) y la descripción de la mirada de Ligeia.

Quizá para huir de su soledad, buscó siempre y sucesivamente alguna mujer que iba a constituir algo así como una presencia tutelar –casi maternal-, un apoyo moral, afectivo. Necesitó como se necesita un elemento vital, una presencia femenina a quién amar.

Bajo otro aspecto, la crítica positivista ha ejercido una acción devastadora sobre la personalidad de Poe. Pese a ella, como poeta, se salva cabalmente para la posteridad. Si su figura humana no alcanza grandeza moral, quizá se deba a que sus facultades artísticas se desarrollaron exageradamente con detrimento de las otras. Dice Jung al respecto: “Dentro de él (del artista) luchan dos potencias: el hombre común y corriente, con su derecho a la dicha, a la satisfacción y a la seguridad de la vida, de una parte, y de otra la implacable pasión creadora que en ciertos casos le obliga a pisotear todos sus deseos personales. Esto es lo que explica porqué la vida personal de tantos y tantos artistas es tan poco satisfactoria e incluso trágica, no precisamente por imperio de un destino sombrío, sino por la subestimación de en que estos hombres tienen su personalidad humana. Rara vez nos encontramos con un hombre creador que no pague cara la centella divina de su gran inspiración” (...) “Lo humano se sacrifica y se desangra en el artista, no pocas veces, para alimentar la parte creadora hasta el punto que le obliga incluso a desarrollar malas cualidades, por ejemplo, un egoísmo simplista y despiadado (el llamado autoerotismo), la vanidad y todos los vicios imaginables, y todo ello para infundir al yo humano, por lo menos, un poco de energía vital y evitar que perezca completamente exhausto”. ([1])

Así, pues, no podemos juzgar su obra por su vida, ni considerarla como una contradicción de su ser más íntimo. Esa pura exterioridad en la cual se basaron muchos críticos para valorar a Poe, no basta para comprender al hombre y mucho menos al poeta. Como poeta, su creación es el resultado necesario e intransferible de una torturada y lúcida pasión, y de la potencia gigantesca de su pensamiento.

Su incoercible voluntad de grandeza se debatió contra el pragmatismo de su época y el credo positivista del siglo XVIII con sus doctrinas del éxito y del esfuerzo propio que tanto había preconizado Franklin, americano típico, verdadera antítesis del espiritualista autor de The Raven. Como dice Baudelaire, Poe était la bas un cerveau singulierement solitaire. ([2])

Pero el destino del genio es vivir en soledad. Sólo en el destierro la creación alcanza la más alta expresión, su nota más pura.

Cronológicamente, Poe pertenece al fecundo período que va desde 1830 a 1870 ([3]) -“época áurea”- en el que se destacan personalidades como Emerson, Thoreau, Hawthorne, Melville y Whitman, en el que tiene lugar el movimiento trascendentalista, que influyó tanto en la filosofía y en la literatura como en el orden religioso, político, social, etc.

Pero la referencia es solamente cronológica. En Poe se produce lo que Julius Petersen ha denominado acertadamente “escisión de la generación”, y “que radica en esa posición especial que se puede observar siempre, que excluye a algunos compañeros de edad, de la comunidad de la generación”([4]).

Él no está con ningún grupo. Si bien al comienzo de su carrera pareció acercarse al círculo dirigente de Boston, su carácter altanero y la causticidad de su crítica, suscitaron pronto enemistades y rencores que amargaron su existencia trágica y desolada.

Así, mientras podemos afirmar que su obra no refleja más que unilateralmente la época y el lugar en que vivió, su poesía –prosa y verso-, está plena de vivencias personales. Contados serán los poemas o cuentos en donde ellas no asomen o se manifiesten claramente. Los fondos personales de su obra constituyen a menudo la fuente primordial de donde surgen verdaderas joyas, tales como Ulalume, Annabel Lee, For Annie, William Wilson, y otras.

El sello de su ser, el que nos revela su auténtica mismidad espiritual, está inmerso, vívido, en la totalidad de su obra. Esto no quiere decir que podamos explicar taxativamente su poesía por los factores esencialmente personales que intervienen en ella, puesto que, como toda alta poesía, rebasa al artista creador, va mucho más lejos, trasciende los límites que circunscribían la creación.


[1] Psicología y Poesía, en Filosofía de la Ciencia Literaria, trad. de C. Silva, Fondo de Cultura Económica, México, 1946, págs. 349-350.

[2] Histoires Extraordinaires, Traduit d’Edgar Poe. París, Lemerre, s.f.

[3] Debemos considerar, sin embargo, con respecto a Poe, que vivió sólo hasta 1849.

[4] Las generaciones literarias, en Filosofía de la Ciencia Literaria, ed. cit., pág. 159.


Aclaración: A pesar de buscar activamente en internet, no tenemos a disposición mayor información sobre la autora y materiales similares de su propiedad, por lo que rogamos que si conocen algo más, se comuniquen con nosotros en seguida. Gracias!

Al abrigo del alma insatisfecha

Un hombre y su capote. Digamos que yo andaba en la búsqueda de un gabán que me hiciese pasar por un bicho oscuro, protegido y repelente, en medio de la ciudad helada, rellenando sus bolsillos de migas, pastillas de primeros auxilios, discos comprimidos en chips, monedas y demás fetiches, pero digamos en fin que era más esto último que una verdadera pesquisa por tiendas de ropa, ya que tampoco dentro de este crudo invierno pude asumir la pesada carga que significa probarme y reprobarme a mí mismo ante el espejo. No quería entrar a una tienda; este invierno soñé con darle trabajo a algún sastre venido a menos por las nuevas modas, sentirme de otro siglo quizás ante la única mirada del viejo y sus centímetros colgando del hombro. No hubo caso. (...)

Ahora bien, el ucrano-ruso Gógol (1809-1952) sí que hiló fino en la relación del hombre, la adustez del clima polar petersburgués y lo que significa un buen abrigo, que además de protector, fuese estimulante desde un punto de vista de extravagante estética. Porque además de su minimizada y rechazada apariencia física –que, no obstante, lo tiene sin cuidado- el martirizado funcionario que protagoniza “El Capote” se llama Akaki Akakievich Bashmachkin, y lo que una prenda exterior sometida a heladas puede llegar a cubrir del cuerpo, aquí también parece contener sus crecientes emociones de peón de oficina que cargan con tamaño nombre y demás extrañezas.

Mal pagado desde siempre, la pequeña marioneta burocrática no hacía más que efectuar, desde la cama al trabajo, del trabajo a su sopa de schi nocturna y otra vez a la cama con ellas, copias de cartas y documentos ministeriales en su empleo de copista. No era que lo detestase, al contrario, su limitado empleo era su vida, un gusto por cumplir día a día. Más allá de las hojas, líneas y letras, nadie se preocupaba por él, ni tampoco era merecedor de respeto alguno: el blanco predilecto de las burlas de sus compañeros de trabajo, festejando su impavidez, su soledad. Haciendo oídos sordos a las punzantes bromas, Bashmachkin exclamaba “¡Dejadme! ¿Por qué me ofendeis?” (una exclamación suspirante que conmueve ante el silencio por respuesta) sólo cuando estas se tornaban francamente insoportables. ¿Por qué molestar al otro? ¿Qué había hecho el pobre empleado? Casi nada, más que dedicarse con esmero a ese puesto que a él solo le pertenecía. Y a pesar de eso, su presencia era tan insignificante en ese ámbito y en cualquier otro, porque cualquier atención que se le prestase era efímera, al pasar. Ensimismado, enajenado pero sin estar triste, como si desconociera cualquier otra cosa, lo único que el realismo de Gogol podía planear para alguien así era que tornase completamente su vida en pos de una obsesión.

Existe en Petersburgo un enemigo terrible de todos aquellos que no reciben más de cuatrocientos rublos anuales de sueldo. Este enemigo no es otro que nuestras heladas nórdicas, aunque, por lo demás, se dice que son muy sanas”. La realidad es friolenta aquí más que nada. Los empleaduchos como Akakiy Akakievich eran víctimas de este intenso frío hasta llegar a las oficinas, donde tardaban un par de minutos en descongelarse. Abrigados acorde a sus orígenes, el capote era la prenda última, clásica, imprescindible, y esto fue lo que torció la vida del protagonista. Pronto notó que el frío había logrado atravesarle el suyo, provocándole dolores en algunas partes donde el paño se había estado gastando y el forro descosiendo. Golpeado finalmente por algo real y externo que le sacaba de la sumisión constante y le lastimaba, Akakievich se enfrascará en la misión de hacerse de un nuevo capote. Comenzaría a ahorrar ascéticamente, mes a mes, cada centavo, “Hemos de confesar que al principio le costó bastante adaptarse a estas privaciones, pero después se acostumbró y todo fue muy bien. Incluso hasta llegó a dejar de cenar; pero, en cambio, se alimentaba espiritualmente con la eterna idea de su futuro capote. Desde aquél momento diríase que su vida había cobrado mayor plenitud; como si se hubiera casado o como si otro ser estuviera siempre en su presencia, como si ya no fuera solo, sino que una querida compañera hubiera accedido gustosa a caminar con él por el sendero de la vida. Y esta compañera no era otra, sino... el famoso capote. Se volvió más animado y de carácter más enérgico, como un hombre que se ha propuesto un fin determinado”. Para todos aquellos desdichados que a menudo nos deslizamos sobre las franjas de la soledad, del alejamiento, que desdeñamos la compañía por X razón, sabemos lo que puede significar tener de repente un motivo por el que levantarnos días tan fríos y oscuros. Probablemente sea cierto que un hombre que nunca jamás en su mísera vida ha sentido nada por otra persona, bien pueda tener sus primeros pasos hacia algo como un capote, que al fin y al cabo, ha sido para él su protección frente al más temido enemigo, quien impunemente acabó por deshacérselo. Un capote nuevo representaba ahora todo en su vida: imperioso por el frío que le calaba los huesos, debía ser el mejor que pudiese conseguir. No entraba en su dicha y alegría cuando por fin, después de tantos esfuerzos, lo tuvo sedoso entre sus manos, cuando lo estrenó cubriendo su pequeño cuerpo. Era otro Akaki Akakievich Bashmachkin. El frío no penetraba ahora la fortaleza del forraje, y hasta su vistosidad le sentaba bien, luciéndolo toda vez que hallaba oportunidad.

Pero como toda compañera/o de vida, o los perdemos en nuestro trayecto o nos los quitan. Se arruina un poco de vida por ello. ¿Qué pasa cuando al entrañable protagonista le arrebatan violentamente, en medio de una madrugada oscura y helada, algo bebido, su preciado capote? Directamente el dolor es demasiado. Sobre todo cuando los ladrones son unos especialistas –un antes y un después del fantasma del protagonista- y la burocracia para recobrarlo le impide cualquier ilusión. No existe forma de recuperarlo, ningún funcionario se ocupa de su caso. Todo parece volverse peor que antes. Se pesca una angina de aquellas luego de acudir a su última esperanza, latente en un funcionario por demás hipócrita (la “alta personalidad”), quien le echa tratándole horriblemente, y la muerte no tarda en cernirse sobre su entumecido cuerpo, al que por dentro abrasa la fiebre. “Así desapareció un ser humano que nunca tuvo quien le amparara, a quien nadie había querido y que jamás interesó a nadie. Ni siquiera llamó la atención del naturalista, quien no desprecia de poner en el alfiler una mosca común y examinarla en el microscopio. Fue un ser que sufrió con paciencia las burlas de sus colegas de oficina y que bajó a la tumba sin haber realizado ningún acto extraordinario; sin embargo, divisó, aunque solo fuera al fin de su vida, el espíritu de la luz en forma de capote, el cual reanimó por un momento su miserable existencia, sobre quien cayó la desgracia, como también a veces cae sobre los privilegiados de la tierra...”. Este párrafo para mí es grandioso, hubiese deseado que el cuento acabara allí mismo para cerrar de una el librito y sentir que estaba hecho.

Mas no sucede así, Gogol es bastante piadoso –ojo con este calificativo- en extender el relato deshilvanando lo que siguió al fallecimiento de Akaki Akakievich: una suerte de venganza sobre todos los ciudadanos y sus capotes mientras se pasearan a solas por determinados lugares bajo el frío hiperbóreo y la bruma, enfrentándose a su reencarnación fantasmal: por más que la conmiseración atormente luego al general, por más que en el trabajo empiecen a recordarlo por estas reapariciones que desvisten a la ciudad, el fantasma parece haberse unido al ladrón original. Es una mezcla de trágico destino al que hemos llegado por vías de un humor entristecedor. El alma no ha podido descansar en paz, cálida –denotando la vulgaridad del alma residente en todo hombre para Gógol, diabólicamente-, y prosigue su obstinada e infinita búsqueda -ya casi una recolección- de compañía con la que arroparse.

Pablo Pereira

6.7.08

El Noviazgo de Hesse y reflexiones amorosas

por F.C.

Esta vez voy a hablar de un cuento hermoso del gran escritor alemán Hermann Hesse.

Este autor es más conocido por sus novelas, entre ellas se destacan El Lobo Estepario, Demian y Siddharta, entre otras. Pero a su vez, tiene en su haber una serie importante de cuentos que escribió siendo más joven. Entre los que yo leí se destacan especialmente El Poeta, Hermosa es la Juventud, Un hombre llamado Ziegler y El Noviazgo, aunque hay muchos más.


Como sabrán los que hayan leído algo de Hesse, este autor en general se centra en la vida de un personaje central, alrededor del cual gira todo el argumento. Casi siempre el personaje pasa de una situación determinada a otra situación, usualmente opuesta, mediante un giro fundamental en su vida. Además, generalmente, este cambio es para mejor; aunque el mismo no se dé sin grandes problemas, avances y retrocesos. (sigue...)


Una cosa que me gusta de Hesse es que bucea en la mente de los personajes, ya sea la narración en primera o en tercera persona. Mostrándonos los pensamientos que la persona tiene de cada acontecimiento, personaje o recuerdo que marca cada momento de su vida. De ahí que la dimensión mental y espiritual de los personajes es muy importante.

Hoy voy a hablar de este cuento, El Noviazgo, que me encantó particularmente por la afinidad que yo siento por su protagonista, Andreas Ohngelt. Al cual el autor sitúa dentro de la historia en un pueblo alemán. Es un muchacho que en su juventud se enamoraba de una chica diferente cada semana, pero sólo en sueños podía imaginar cómo podía ser estar con alguna. Porque no sabía cómo hacer para conquistarlas, mejor dicho; lo que era peor, creía que sabía. Ya que este personaje inventaba frases bastante rebuscadas para demostrar respeto y buena educación. Lo cual no hacía otra cosa que alentar el rechazo por parte de ellas.

Otra…..casualidad??? Este personaje era aficionado al canto, al igual que yo. Entró a la coral religiosa del pueblo donde creía que podía alternar con mujeres.

Y así fue, en el coro había dos mujeres, Margarita y Paule, Andreas estaba enamorado de la primera, una bella joven bastante menor que él, pues “ya no quedaban solteras bellas en su pueblo, al menos de su edad”. Toda la trama finalmente desemboca en que Paule era la que lo quería a él, pero el protagonista no se daba cuenta porque estaba obsesionado con Margarita. Así, este personaje consigue tener novia a los 30 años.

Este cuento me cautivó completamente y creo que, más allá de mi afinidad personal con el personaje, cualquiera lo puede disfrutar sabiendo que hay personas solitarias a la espera de su compañer@. O sea, el cuento sintetiza un poco lo que sentimos esas personas todo el tiempo, una sensación de soledad, a la cual uno a veces la siente injusta, otras pasajera, otras como un calvario interminable, en fin…

Este cuento me sirve como pretexto para hablar de lo que siento, como otros varones, respecto a la falta de una chica, compañera, hembra, novia, como lo quieran llamar, en nuestras vidas. La sociedad nos compele a salir de nuestra soledad, lo cual también nos hace enfrentarnos a nuestra incapacidad crónica de salir de ella y eso muchas veces nos hace sufrir, a veces, inútilmente. Entonces, para escapar de ese sufrimiento dejamos de intentar, lo cual hace que tengamos menos posibilidades aún. Pero a su vez, nos gana la ansiedad de no saber hasta cuándo tendremos que esperar, ahí está, esa es la clave, no hay esperar, hay que actuar. Pero, cómo? Ya intenté de todo, declaración instantánea, no funcionó; esperar a declarármele, tampoco, es mejor saber lo antes posible si no gusta de vos. Una carta, tampoco. Poemas, tampoco. Tratar de empezar como amigos, tampoco. Páginas de citas, menos. Y todo esto si tengo suerte, porque, es difícil que aparezca tan sólo una chica de las cuales podría gustar. Y cada vez es más difícil que me enamore!!! Yo lo que más quiero en la vida es enamorarme, pero aún si tengo una chica en la mira, y hablo todo bien, hay onda pero te das cuenta que “hasta ahí”. Después te dicen: “Dejate de joder” “Ya te va a llegar” “Lo mejor que podés hacer es dejar de buscar”. Les informo que dejé de buscar dos años y no resultó, no hay que bajar la guardia. Pero si busco tampoco encuentro.

Todo me deprime más cuando pienso que tengo cualidades normales, hay mucha gente que podría interesarse en mí, y con eso, al menos, ampliar las posibilidades. Pero no, soy buena persona, de facha normal, tengo gustos normales, las chicas me fascinan y su belleza me encanta (incluso podría aventurar que más aún que gente de igual edad que “ya tuvo algo”). Hay otros casos en que técnicamente también están en esta situación, pero no les importa tanto, por falta de interés o porque no buscan y no les importa. En cambio, a diferencia de ellos, yo creo que no nací para estar esperando tanto, realmente tengo mucha libido contenida. En cuanto a hormonas, también fui (y soy) normal. Lo que falta es actitud, esa es la posta. Tema complicado este de la actitud. La conciencia será una gran consejera, pero hay veces que nos caga la vida. Tanto pensar, y al final es peor, uno tiene las condiciones biosociales de dejar escapar (hasta cierto punto) el Instinto. Pero esa entrometida, la conciencia, puede más.

A veces flasheo la imagen borgeana o doliniana de una chica que vaga solitaria como yo en esta ciudad y por algún maldito destino del demiurgo nuestra unión no se realiza. Conozco casos donde sí se realizó, casos cercanos. El tema es, por qué tengo que esperar tanto a que se dé? Está bien, algo siempre hay que esperar sino, todos a los 13 años encontrarían su pareja ideal y listo. Pero por qué, Dios, por qué hacés esperar tanto a unos pocos y a la mayoría les hacer esperar menos (lo normal, porque sea la mayoría, no porque fuera lo “deseable”).

Después de todo, y esto sí lo reconozco y es verdad, no es lo único en la vida, y por suerte en el resto de las cosas no me va tan mal como en esto (mientras hay gente que no tiene ni para comer, ni salud, ni éxito en la facultad etc.) Así que, en esto sí, acepto que me digan “dejate de joder”.

Franco Cinalli

julio 2008

24.3.08

24/3

El recuerdo de semejante fecha negra en la historia de nuestro país jamás dejará de existir. Eso es obvio, no es un anticipo. Es inevitable que volvamos sobre esos años, impresiona en el alma que el dolor no cese de aumentar (las conciencias toman más conciencia; los intereses cobran más víctimas). El aire está denso: flota por ahí una esperanza, el desengaño y la locura, prendas, fuegos y demás símbolos que claman por el “nunca más”, que es el frente visible hoy día del pesar que todos cargamos -entre culpa y descuido, entre los ideales y el miedo, entre las resoluciones y los resultados-, que se sostiene por palabras, imágenes y gritos desgarradores, provenientes de infiernos apenas visibles, no ignorados, encendidos por cráneos descarados.

Todo llega a ser demasiado complejo para cuando uno se proponga entender las cosas. Así sea inmediatamente al hecho o pasadas décadas. Los residuos que hoy tenemos por sociedad se fueron recomponiendo desordenadamente, y las posturas se multiplican. A los que gobiernan, no se le perdonaría que no den cuenta de esta fecha, y por eso es que la promueven, realizan actos y fundan emblemas históricos. Hay respaldos a políticas de Derechos Humanos desde arriba (no propias de una cultura ya arraigada, que se nos haya dejado desarrollar) actuales que se cifran en apoyos incondicionales a mandatarios en cualquier situación, mientras otros procuran respetar los lineamientos y darlos por sentado (se oponen políticamente, pero es innegable la necesidad de la memoria); otros entienden que estos actos son mera distracción para un problema que no ha cerrado definitivamente (y que nunca lo hará). Que los gobernantes mueven a la gente a movilizarse, pero que pueden y deben hacerse cargo de lo que están en condiciones de realizar y se niegan. Quiero saber porqué sucede esto, este es el porqué de siempre. Hay intereses, hay poder, hay imagen. Hay un mantenimiento de lo obtenido que buscará esquivamente elevarse por sobre todos los problemas, atendiendo sólo a lo imprescindible, ganando doblemente: su poder queda intacto, y lo incrementan. Ya sé, son unos hijos de puta. Hay juicios pendientes, hay culpables libres y aún los que siguen ejerciendo, hay sentencias que nunca se cumplen, desaparecidos.

Y a todo esto, los que denuncian desde el nivel aparentemente institucional también se dividen y caen en la inoperancia. Izquierda o derecha, la cuestión es que por sí mismos se tambalean al interior, se miden entre sí y se dan el gustito del juego político, pero no pretenden aglutinar los verdaderos motivos y atacar, se quejan de todo, quieren figurar. Algunas se disfrazan de talantes revolucionarios no correspondidos (incluso están los que se disfrazan de rebeldes, pero mojan en arreglos, pactan con aparatos prostituidos, etc.), otros llaman a actuar pero construyen sus propios castillos de sectas y burocracia. Las universidades son focos, los colegios secundarios también, los gremios y sindicatos, todos estamos tocados. Subjetividad, acción psicológica (intereses particulares), avaricia, odios innatos, los culpables, y también la sociedad podrida, que se le añaden capas y capas de barniz para que brille y se vea bien al reflejo del mundo, mientras como pueblo, al que nadie escapa, se muere de inacción, de estafa.

¿Seguirá el ritual año a año? Seguro, otra vez. Está la dignidad que se gana sólo cuando zarandeamos esas cortinas transparentes de engaño que cae desde lo alto sobre nuestros cuerpos, cuando se la descorre, cayéndose sola, y así los juicios y la cárcel y la justicia (aunque sea insuficiente, como lo máximo que se puede intentar para responder al dolor). Pero es incompleta si no rasgamos aquellas que parten del engaño propio, previamente imperioso, de que somos los actores que tenemos que tomar esas riendas cuando desde arriba no se mueve un dedo, y para ello nos dividimos casi por inercia (ideología, biografía, intereses, cultura, determinismo), tomando caminos diferentes para separar poderes y realizar una competición desechable, de la que el ganador, ya corrompido, apuntará las injusticias, habiéndose reducido el potencial desagradable de tanta furia acumulada, con magros logros. De esta manera ya venimos haciéndolo desde hace años, y sigue el dolor.

 
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